DON QUIJOTE DE LA MANCHA 55

Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le pare-
ció a él el ventero y la venta, respondió:
--Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque

mis arreos son las armas,
mi descanso el pelear, etc.

Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haber-
le parecido de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz y de los de la Playa
de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco ni menos maleante que estudiantado
paje; y así, le respondió:
--Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas y su dormir
siempre velar; y, siendo así, bien se puede apear, con seguridad de hallar en
esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en
una noche.
Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con
mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había desa-
yunado. Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo,
porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Mirole el ventero y no
le pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad; y, acomodán-
dole en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban
desarmando las doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales, aun-
que le habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron desen-
cajarle la gola ni quitarle la contrahecha celada que traía atada con unas cintas
verdes, y era menester cortarlas por no poderse quitar los nudos; mas él no lo
quiso consentir en ninguna manera, y así, se quedó toda aquella noche con la
celada puesta, que era la más graciosa y extraña figura que se pudiera pensar.
Y, al desarmarle, como el se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le
desarmaban eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dijo
con mucho donaire:

-- Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido,
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban dél,
princesas del su rocino,

o Rocinante, que este es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don Quijote
de la Mancha el mío; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta que las
fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomo-
dar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido causa que
sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero tiempo vendrá en que las vuestras
señorías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra el deseo
que tengo de serviros.
Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respon-
dían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa.
--Cualquiera yantaría yo -- respondió don Quijote--, porque a lo que
entiendo me haría mucho al caso.

46