DON QUIJOTE DE LA MANCHA 471

llamarse corona de su marido.
Mirad, discreto Basilio --añadió don Quijote--, opinión fue de no sé qué
sabio que no había en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba por
consejo, que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era la suya, y
así viviría contento. Yo no soy casado ni hasta agora me ha venido en pensa-
miento serlo, y con todo esto me atrevería a dar consejo al que me lo pidiese
del modo que había de buscar la mujer con quien se quisiese casar. Lo prime-
ro, le aconsejaría que mirase más a la fama que a la hacienda, porque la buena
mujer no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con parecerlo;
que mucho más dañan a las honras de las mujeres las desenvolturas y liberta-
des públicas que las maldades secretas. Si traes buena mujer a tu casa, fácil
cosa sería conservarla y aun mejorarla en aquella bondad; pero si la traes mala,
en trabajo te pondrá el enmendarla; que no es muy hacedero pasar de un
estremo a otro. Yo no digo que sea imposible, pero téngolo por dificultoso.
Oía todo esto Sancho, y dijo entre sí:
--Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia, suele
decir que podría yo tomar un púlpito en las manos y irme por ese mundo ade-
lante predicando lindezas, y yo digo dél que, cuando comienza a enhilar sen-
tencias y a dar consejos, no sólo puede tomar un púlpito en las manos, sino dos
en cada dedo y andarse por esas plazas a qué quieres, boca. ¡Válate el diablo
por caballero andante que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima que
sólo podía saber aquello que tocaba a sus caballerías, pero no hay cosa donde
no pique y deje de meter su cucharada.
Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyole su señor y preguntole:
--¿Qué murmuras, Sancho?
--No digo nada ni murmuro de nada --respondió Sancho--; sólo estaba
diciendo entre mí, que quisiera haber oído lo que vuesa merced aquí ha dicho
antes que me casara, que quizá dijera yo agora: «el buey suelto bien se lame».
--¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? --dijo don Quijote.
--No es muy mala --respondió Sancho--, pero no es muy buena, a lo
menos, no es tan buena como yo quisiera.
--Mal haces, Sancho --dijo don Quijote--, en decir mal de tu mujer, que
en efecto es madre de tus hijos.
--No nos debemos nada --respondió Sancho--; que también ella dice mal
de mí cuando se le antoja, especialmente cuando está celosa; que entonces
súfrala el mesmo Satanás.
Finalmente, tres días estuvieron con los novios, donde fueron regalados y
servidos como cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro licenciado le diese
una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tenía gran deseo
de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella
se decían por todos aquellos contornos. El licenciado le dijo que le daría a un
primo suyo, famoso estudiante y muy aficionado a leer libros de caballerías, el
cual con mucha voluntad le pondría a la boca de la mesma cueva y le enseña-
ría las lagunas de Ruidera, famosas ansimismo en toda la Mancha y aun en
toda España, y díjole que llevaría con él gustoso entretenimiento, a causa que
era mozo que sabía hacer libros para imprimir, y para dirigirlos a príncipes.
Finalmente, el primo vino con una pollina preñada, cuya albarda cubría un
gayado tapete o arpillera. Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio, prove-

459