MIGUEL DE CERVANTES
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Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas de estas que llaman del par-
tido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche
acertaron a hacer jornada; y, como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba,
veía o imaginaba, le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído,
luego que vio la venta se le representó que era un castillo con sus cuatro torres
y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con
todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan.
Fuese llegando a la venta que a él le parecía castillo, y a poco trecho de ella
detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las
almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo.
Pero, como vio que se tardaban y que Rocinante se daba prisa por llegar a la
caballeriza, se llegó a la puerta de la venta y vio a las dos distraídas mozas que
allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas
damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto suce-
dió acaso que un porquero, que andaba recogiendo de unos rastrojos una
manada de puercos, que, sin perdón, así se llaman, tocó un cuerno, a cuya
señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que dese-
aba, que era que algún enano hacia señal de su venida; y así, con extraño con-
tento, llegó a la venta y a las damas. Las cuales, como vieron venir un hombre
de aquella suerte armado, y con lanza y adarga, llenas de miedo se iban a
entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alzán-
dose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gen-
til talante y voz reposada les dijo:
--Non fuyan10 las vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno, ca a la
orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto
más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.
Mirábanle las mozas y andaban con los ojos buscándole el rostro que la
mala visera le encubría; mas, como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera
de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don Quijote
vino a correrse y a decirles:
--Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez, a demás, la
risa que de leve causa procede; pero non vos lo digo porque os acuitedes ni
mostredes mal talante, que el mío non es de ál que de serviros.
El lenguaje no entendido de las señoras y el mal talle de nuestro caballero
acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo, y pasara muy adelante si a aquel
punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico;
el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada de armas tan desiguales
como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no estuvo en nada en acompañar
a las doncellas en las muestras de su contento. Mas, en efecto, temiendo la
máquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente, y así, le
dijo:
--Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho, por-
que en esta venta no hay ninguno, todo lo demás se hallará en ella en mucha
abundancia.
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10 Emplea don Quijote a veces la «fabla» antigua, que se caracteriza por sus arcaís-
mos: fuyan, ca (porque), facerle.

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