DON QUIJOTE DE LA MANCHA 461
saliésemos de casa; uno dellos fue que me había de dejar hablar todo aquello
que quisiese, con que no fuese contra el prójimo, ni contra la autoridad de
vuesa merced, y hasta agora me parece que no he contravenido contra el tal
capítulo.
--Yo no me acuerdo, Sancho --respondió don Quijote--, del tal capítulo,
y puesto que sea así, quiero que calles y vengas; que ya los instrumentos que
anoche oímos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios se cele-
brarán en el frescor de la mañana y no en el calor de la tarde.
Hizo Sancho lo que su señor le mandaba y, poniendo la silla a Rocinante y
la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrando por
la enramada. Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado
en un asador de un olmo entero, un entero novillo, y en el fuego donde se
había de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la
hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas,
porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro13 6 de carne, así
embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si fue-
ran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que estaban col-
gadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número; los pája-
ros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que
el aire los enfriase. Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arro-
bas cada uno y todos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así
había rimeros de pan blanquísimo como los suele haber de montones de trigo
en las eras; los quesos puestos como ladrillos en rejales formaban una muralla,
y dos calderas de aceite mayores que las de un tinte servían de freír cosas de
masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en otra cal-
dera de preparada miel que allí junto estaba. Los cocineros y cocineras pasaban
de cincuenta, todos limpios, todos diligentes y todos contentos. En el dilatado
vientre del novillo estaban doce tiernos y pequeños lechones que, cosidos por
encima, servían de darle sabor y enternecerle; las especias de diversas suertes
no parecía haberlas comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de
manifiesto en una grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico,
pero tan abundante, que podía sustentar a un ejército.
Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se aficio-
naba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quien él tomara
de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la voluntad los
zaques y, últimamente, las frutas de sartén, si es que se podían llamar sartenes
las tan orondas calderas; y, así, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra
cosa, se llegó a uno de los solícitos cocineros, y con corteses y hambrientas
razones le rogó le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas.
A lo que el cocinero respondió:
--Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la ham-
bre, merced al rico Camacho; apeaos y mirad si hay por hay un cucharón, y
espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.
--No veo ninguno --respondió Sancho.
--Esperad --dijo el cocinero--; ¡pecador de mí, y qué melindroso y para
poco debéis de ser!
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136 rastro: «matadero»; hipérbole: allí había toda la carne de un matadero
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