DON QUIJOTE DE LA MANCHA 53

caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicie-
ron, según él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blan-
cas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que
un armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel
que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aven-
turas.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando con-
sigo mismo y diciendo:
--¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la
verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no
ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta
manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y
espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los
pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con
dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda
cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a
los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la
Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante
y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la
verdad que por él caminaba; y añadió diciendo:
--Dichosa edad y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas
hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pin-
tarse en tablas, para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quien
quiera que seas, a quien ha de tocar el ser cronista de esta peregrina historia,
ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en
todos mis caminos y carreras!
Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
--¡Oh princesa Dulcinea, señora de este cautivo corazón!, mucho agravio
me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento
de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de mem-
braros de este vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor pade-
ce.
Con estos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus
libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto
caminaba tan despacio, y el sol entraba tan aprisa y con tanto ardor, que fuera
bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.
Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo
cual se desesperaba, porque quisiera topar luego con quien hacer experiencia
del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura
que le vino fue la del puerto Lápice, otros dicen que la de los molinos de vien-
to; pero lo que yo he podido averiguar en este caso y lo que he hallado escri-
to en los anales de la Mancha es que él anduvo todo aquel día y, al anochecer,
su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas
partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde
recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no
lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella
que no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose
prisa a caminar y llegó a ella a tiempo que anochecía.

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