MIGUEL DE CERVANTES
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Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su
rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa
sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin
amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él a sí:
-- Si yo, por malos de mis pecados o por mi buena suerte, me encuentro
por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros
andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o,
finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presenta-
do, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora y diga con voz
humilde, y rendido: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la
ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe
alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me pre-
sentase ante vuestra merced para que la vuestra grandeza disponga de mi a su
talante?»
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este dis-
curso, y más cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se
cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen
parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entien-
de, ella jamás lo supo ni se dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a
esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscán-
dole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al
de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era
natural del Toboso, nombre, a su parecer, músico y peregrino, y significativo,
como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.
CAPÍTULO II
CAPÍ TULO I I
Que trata de la primera salida que de su tierra
hizo el ingenioso don Quijote
Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner
en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía
en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer,
entuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y
deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y
sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos
del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su
mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y, por la puerta
falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver
con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Mas apenas se vio
en el campo cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le
hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era
armado caballero, y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar
armas con ningún caballero; y, puesto que lo fuera, había de llevar armas blan-
cas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuer-
zo la ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas,
pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar
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