DON QUIJOTE DE LA MANCHA 441
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dijo: Est deus in nobis,117 etc. También digo que el natural poeta que se ayuda-
re del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte
quisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino per-
ficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza,
sacarán un perfetísimo poeta. Sea, pues, la conclusión de mi plática, señor
hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama;
que, siendo él tan buen estudiante como debe de ser, y, habiendo ya subido
felicemente el primer escalón de las ciencias, que es el de las lenguas, con ellas
por sí mesmo subirá a la cumbre de las letras humanas, las cuales tan bien pare-
cen en un caballero de capa y espada, y así le adornan, honran y engrandecen
como las mitras a los obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos.
Riña vuesa merced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas,
y castíguele y rómpaselas; pero si hiciere sermones al modo de Horacio, donde
reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo hizo, alábele,
porque lícito es al poeta escribir contra la invidia y decir en sus versos mal de los
invidiosos, y así de los otros vicios, con que no señale persona alguna; pero hay
poetas que a trueco de decir una malicia se pondrán a peligro que los destie-
rren a las islas de Ponto. Si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo será tam-
bién en sus versos: la pluma es lengua del alma; cuales fueren los conceptos que
en ella se engendraren, tales serán sus escritos, y cuando los reyes y príncipes
veen la milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves,
los honran, los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del
árbol a quien no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de
nadie los que con tales coronas veen honradas y adornadas sus sienes.
Admirado quedó el del verde gabán del razonamiento de don Quijote, y
tanto, que fue perdiendo de la opinión que con él tenía de ser mentecato. Pero
a la mitad desta plática, Sancho, por no ser muy de su gusto, se había desvia-
do del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto estaban
ordeñando unas ovejas, y en esto, ya volvía a renovar la plática el hidalgo, satis-
fecho en estremo de la discreción y buen discurso de don Quijote, cuando,
alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino por donde ellos iban
venía un carro lleno de banderas reales; y, creyendo que debía de ser alguna
nueva aventura, a grandes voces llamó a Sancho que viniese a darle la celada,
el cual Sancho, oyéndose llamar, dejó a los pastores, y a toda priesa picó al
rucio y llegó donde su amo estaba, a quien sucedió una espantosa y desatina-
da aventura.
CAPÍTULO XVII
CAPÍ TULO X VI I
De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el
inaudito ánimo de don Quijote con la felicemente acabada aventura de los
leones
Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le tru-
jese el yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le vendí-
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117 Son versos de Ovidio, Ars amandi: «Hay un dios en nosotros».
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