DON QUIJOTE DE LA MANCHA 51
poniéndose en ocasiones y peligros, donde, acabándolos, cobrase eterno
nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo,
por lo menos del imperio de Trapisonda, y así, con estos tan agradables pen-
samientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio prisa a poner
en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que
habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luen-
gos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiolas y
aderezolas lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta, y era que
no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su indus-
tria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el
morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si
era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos
golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una
semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho peda-
zos, y, por asegurarse de este peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole
unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de
su fortaleza, y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por
celada finísima de encaje8.
Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más
tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit9 , le pareció que
ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro
días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría, porque, según se decía
él a sí mismo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno
él por sí, estuviese sin nombre conocido, y así, procuraba acomodársele de
manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante y
lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor
estado, mudase él también el nombre y le cobrase famoso y de estruendo,
como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así,
después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó
a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nom-
bre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue
rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines
del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo,
y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don
Quijote; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan
verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada,
como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís no sólo
se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre
de su reino y patria por hacerla famosa y se llamó Amadís de Gaula, así quiso,
como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don
Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y
patria, y la honraba con tomar el sobrenombre de ella.
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8 Don Quijote no va armado como iría un caballero andante de verdad, sino que va
disfrazado con armas desiguales y antiguas. Es un personaje de Carnaval que quie-
re actuar como tal en todas las épocas del año (vid. Introducción).
9 «Todo fue piel y huesos».
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