DON QUIJOTE DE LA MANCHA 431
claridad del día para ver y diferenciar las cosas, cuando la primera que se ofre-
ció a los ojos de Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era
tan grande, que casi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase, en efecto,
que era de demasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena de verrugas, de
color amoratado, como de berenjena; bajábale dos dedos mas abajo de la
boca, cuya grandeza, color, verrugas y encorvamiento así le afeaban el rostro,
que, en viéndole Sancho, comenzó a herir de pie y de mano como niño con
alferecía, y propuso en su corazón de dejarse dar docientas bofetadas antes
que despertar la cólera para reñir con aquel vestiglo.
Don Quijote miró a su contendor y hallole ya puesta y calada la celada, de
modo que no le pudo ver el rostro, pero notó que era hombre membrudo, y
no muy alto de cuerpo. Sobre las armas traía una sobrevista o casaca de una
tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñas de
resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán y vistoso;
volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes, amarillas y blan-
cas; la lanza que tenía arrimada a un árbol era grandísima y gruesa, y de un
hierro acerado de mas de un palmo.
Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y juzgó de lo visto y mirado que
el ya dicho caballero debía de ser de grandes fuerzas; pero no por eso temió
como Sancho Panza, antes con gentil denuedo dijo al Caballero de los Espejos:
--Si la mucha gana de pelear, señor caballero, no os gasta la cortesía, por
ella os pido que alcéis la visera un poco, porque yo vea si la gallardía de vues-
tro rostro responde a la de vuestra disposición.
--O vencido o vencedor que salgáis desta empresa, señor caballero --res-
pondió el de los Espejos--, os quedará tiempo y espacio demasiado para
verme, y si ahora no satisfago a vuestro deseo, es por parecerme que hago
notable agravio a la hermosa Casildea de Vandalia en dilatar el tiempo que tar-
daré en alzarme la visera, sin haceros confesar lo que ya sabéis que pretendo.
--Pues en tanto que subimos a caballo --dijo don Quijote--, bien podéis
decirme si soy yo aquel don Quijote que dijistes haber vencido.
--A eso vos respondemos --dijo el de los Espejos--, que parecéis como se
parece un huevo a otro al mismo caballero que yo vencí; pero, según vos decís
que le persiguen encantadores, no osaré afirmar si sois el contenido o no.
--Eso me basta a mí --respondió don Quijote-- para que crea vuestro
engaño; empero, para sacaros dél de todo punto, vengan nuestros caballos;
que en menos tiempo que el que tardárades en alzaros la visera, si Dios, si mi
señora y mi brazo me valen, veré yo vuestro rostro, y vos veréis que no soy yo
el vencido don Quijote que pensáis.
Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvió las
riendas a Rocinante para tomar lo que convenía del campo para volver a encon-
trar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos; pero no se había aparta-
do don Quijote veinte pasos, cuando se oyó llamar del de los Espejos, y partien-
do los dos el camino, el de los Espejos le dijo:
--Advertid, señor caballero, que la condición de nuestra batalla es que el
vencido, como otra vez he dicho, ha de quedar a discreción del vencedor.
--Ya la sé --respondió don Quijote--, con tal que lo que se le impusiere
y mandare al vencido han de ser cosas que no salgan de los límites de la caba-
llería.
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