MIGUEL DE CERVANTES
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No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recibía, por-
que se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no deja-
ría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con
todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella ina-
cabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y darle fin
al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun salie-
ra con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.
Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar, que era hombre
docto, graduado en Sigüenza 7, sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín
de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pue-
blo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que, si alguno se le
podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía
muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan
llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las
noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco
dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el
juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encan-
tamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores,
tormentas y disparates imposibles. Y asentósele de tal modo en la imaginación
que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía,
que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid
Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el
Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio
dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio,
porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la
industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los bra-
zos. Decía mucho bien del gigante Morgante porque, con ser de aquella gene-
ración gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y
bien criado. Pero sobre todos estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más
cuando le veía salir de su castillo, y robar cuantos topaba, y cuando en allende
robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera
él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a
su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamien-
to que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesa-
rio, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república,
hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo
a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que
los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y
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7 La universidad de Sigüenza, como, más adelante en el texto, la de Osuna (por la que
era licenciado el doctor Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera, y el licen-
ciado loco sevillano de la Segunda parte), eran universidades «silvestres», poco
prestigiosas, más baratas que las de Salamanca o Alcalá y menos exigentes a la hora
de otorgar los títulos. Corría la fama de que los profesores, al aprobar al estudian-
te que se graduaba, decían: «Aceptemos el dinero y mandemos a este asno a su
patria». Aunque a lo largo del libro el cura Pero Pérez muestra ser sabio, discreto y
tracista. Esta cita inicial es, por tanto, burlesca.
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