DON QUIJOTE DE LA MANCHA 421

Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en
haber comparado la amistad destos animales a la de los hombres; que de las
bestias han recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas
cosas de importancia, como son: de las cigueñas, el cristel; de los perros, el
vómito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la pro-
videncia; de los elefantes, la honestidad; y la lealtad del caballo.
Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque, y don
Quijote, dormitando al de una robusta encina. Pero poco espacio de tiempo
había pasado cuando le despertó un ruido que sintió a sus espaldas, y, levan-
tándose con sobresalto, se puso a mirar y a escuchar de dónde el ruido proce-
día, y vio que eran dos hombres a caballo, y que el uno, dejándose derribar de
la silla, dijo al otro:
--Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos; que, a mi parecer, este
sitio abunda de yerba para ellos y del silencio y soledad que han menester mis
amorosos pensamientos.
El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo tiempo, y al
arrojarse hicieron ruido las armas de que venía armado, manifiesta señal por
donde conoció don Quijote que debía de ser caballero andante, y, llegándose
a Sancho, que dormía, le trabó del brazo, y con no pequeño trabajo le volvió
en su acuerdo, y con voz baja le dijo:
--Hermano Sancho, aventura tenemos.
--Dios nos la dé buena --respondió Sancho--; y ¿adónde está, señor mío,
su merced de esa señora aventura?
--¿Adónde, Sancho? --replicó don Quijote--. Vuelve los ojos y mira, y
verás allí tendido un andante caballero, que, a lo que a mí se me trasluce, no
debe de estar demasiadamente alegre, porque le vi arrojar del caballo y tender-
se en el suelo con algunas muestras de despecho, y al caer le crujieron las
armas.
--Pues ¿en qué halla vuesa merced --dijo Sancho-- que esta sea aven-
tura?
--No quiero yo decir --respondió don Quijote-- que esta sea aventura del
todo, sino principio della; que por aquí se comienzan las aventuras. Pero escu-
cha; que, a lo que parece, templando está un laúd o vigüela, y según escupe y
se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.
--A buena fe que es así --respondió Sancho--, y que debe de ser caballe-
ro enamorado.
--No hay ninguno de los andantes que no lo sea --dijo don Quijote--, y
escuchémosle; que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si es
que canta; que de la abundancia del corazón habla la lengua.
Replicar quería Sancho a su amo; pero la voz del Caballero del Bosque, que
no era muy mala ni muy buena, lo estorbó, y estando los dos atónitos, oyeron
que lo que cantó fue este soneto:

Dadme, señora, un término que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.

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