DON QUIJOTE DE LA MANCHA 7


En un l ugar de L a Manch a
E n un l uga r de L a M a nch a



No quiso acordarse del nombre del pueblo o de la aldea, pero sí de la
inmensidad de un territorio que está lleno de lugares inolvidables. En cualquier
caso, esa imprecisión es una de las incertidumbres de las que está lleno el
Quijote y a las que tan magistralmente se ha referido Carlos Fuentes, Presidente
de Honor de la Conmemoración del IV Centenario de la Primera Edición que
ha organizado el Gobierno de Castilla-La Mancha: "Todo es incierto en El
Quijote. Incierta la autoría (...). Nombre incierto (...). Rocinante fue "rocín
antes". Dulcinea, la damisela ideal, es Aldonza, la campesina común (...).
Lugares inciertos ...."
En una ínsula literaria es incierta también la línea que separa la realidad de
la ficción, los rebaños de los ejércitos. El cielo y la tierra que en la Mancha se
unen en el horizonte, formando esa línea imaginaria que separa a Rocinante de
Clavileño.
La Mancha, ha escrito uno de nuestros mejores poetas, es un gran anchu-
rón cósmico. Cuando Jean Cocteau se encaramó al cerro Calderico de
Consuegra, entre el castillo y los molinos, exclamó: "por fin he visto el plane-
ta", al divisar el inmenso espacio que se abría ante sus ojos desde ese mirador
del universo.
Algunos autores han querido explicar el escenario de las hazañas del
Quijote como una ironía más de Cervantes. La Mancha sería la ausencia de
cualquier paisaje digno de un libro de caballerías. Una desmitificación, una
extravagancia que hiciera sonreir a los seguidores de Amadís de Gaula, Lisuarte
de Grecia, Florisel de Niquea, Felixmarte de Hircania o Florando de Inglaterra.
Cuantas teorías han tratado de dilucidar las razones que movieron a
Cervantes para vincular el nombre del Quijote con el de la Mancha suenan
incompletas, porque acaso los motivos no son del reino de la razón, sino que
estriban, sin más, en la genial intuición de Cervantes que, partiendo de consi-
derar a todo hombre hijo de su paisaje, vio en la sabana manchega, generosa
de cielo y luz, el ámbito destinado a engendrar los delirios del más noble e ide-
alista de los locos.
"¿No es éste el medio ­escribió Azorín refiriéndose a la anchura manche-
ga- en que han nacido y se han desarrollado las grandes voluntades, fuertes,
poderosas, tremendas, pero solitarias, anárquicas, de aventureros, navegantes,
conquistadores?"
En todo caso, como ocurre con tantos aspectos en la obra de Cervantes, la
realidad acaba confundiéndose con la ficción. Superándola, como en la vida
misma. Henry Levin ha desvelado la fórmula magistral de Cervantes: "No es ni
más ni menos que un reconocimiento de la diferencia entre los versos y los
reversos, entre las palabras y los actos; en resumen, entre el artificio literario y
lo real, que es la propia vida".
Eladio Cabañero aludió a la llanura manchega como "ese gran obrador de
simultáneas anchuras", una tierra de alta luz y ocho puntos cardinales. Los que
marcan las aspas de los molinos como una mágica rosa de los vientos.
Esta tierra, este cielo, tienen, como la figura del Quijote, dimensión univer-
sal: "¿Quién que mire al cielo directamente no se olvida de términos municipa-
les, provinciales, regionales y nacionales, se desentiende de vallas, mojones y

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