DON QUIJOTE DE LA MANCHA 411

Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó dél fue que volvió a
decirse:
--Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte, debajo
de cuyo yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida.
Este mi amo por mil señales he visto que es un loco de atar, y aun también yo
no le quedo en zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo, si
es verdadero el refrán que dice: «dime con quién andas, decirte he quién eres»,
y el otro de «no con quien naces, sino con quien paces». Siendo, pues, loco,
como lo es, y de locura que las más veces toma unas cosas por otras y juzga lo
blanco por negro y lo negro por blanco, como le pareció cuando dijo que los
molinos de viento eran gigantes, y las mulas de los religiosos dromedarios, y las
manadas de carneros ejércitos de enemigos, y otras muchas cosas a este tono,
no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare
por aquí, es la señora Dulcinea, y cuando él no lo crea, juraré yo, y si él jurare,
tornaré yo a jurar, y si porfiare, porfiaré yo mas, y de manera, que tengo de
tener la mía siempre sobre el hito, venga lo que viniere; quizá con esta porfía
acabaré con él que no me envíe otra vez a semejantes mensajerías, viendo cuán
mal recado le traigo dellas, o quizá pensará, como yo imagino, que algún mal
encantador de estos que él dice que le quieren mal la habrá mudado la figura
por hacerle mal y daño.
Con esto que pensó Sancho Panza quedó sosegado su espíritu, y tuvo por
bien acabado su negocio, y deteniéndose allí hasta la tarde, por dar lugar a que
don Quijote pensase que le había tenido para ir y volver del Toboso; y sucedio-
le todo tan bien, que, cuando se levantó para subir en el rucio, vio que del
Toboso hacia donde él estaba venían tres labradoras sobre tres pollinos, o polli-
nas, que el autor no lo declara, aunque más se puede creer que eran borricas,
por ser ordinaria caballería de las aldeanas; pero como no va mucho en esto,
no hay para qué detenernos en averiguarlo.
En resolución, así como Sancho vio a las labradoras, a paso tirado volvió a
buscar a su señor don Quijote, y hallole suspirando y diciendo mil amorosas
lamentaciones. Como don Quijote le vio, le dijo:
--¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con piedra blanca, o
con negra?
--Mejor será --respondió Sancho--, que vuesa merced le señale con
almagre, como rétulos de cátedras, porque le echen bien de ver los que le vie-
ren.
--De ese modo --replicó don Quijote--, buenas nuevas traes.
--Tan buenas --respondió Sancho--, que no tiene más que hacer vuesa
merced sino picar a Rocinante y salir a lo raso a ver a la señora Dulcinea del
Toboso, que con otras dos doncellas suyas viene a ver a vuesa merced.
--Santo Dios, ¿qué es lo que dices, Sancho amigo? --dijo don Quijote--.
Mira no me engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas tris-
tezas.
--¿Qué sacaría yo de engañar a vuesa merced --respondió Sancho--, y
más estando tan cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor, y venga, y verá
venir a la princesa, nuestra ama, vestida y adornada, en fin, como quien ella es.
Sus doncellas y ella todas son una ascua de oro. Todas mazorcas de perlas,
todas son diamantes, todas rubíes, todas telas de brocado de más de diez altos.

399