DON QUIJOTE DE LA MANCHA 401
ced, y si me he puesto en cuentas de tanto más cuanto acerca de mi salario,
ha sido por complacer a mi mujer, la cual cuando toma la mano a persuadir
una cosa, no hay mazo que tanto apriete los aros de una cuba como ella aprie-
ta a que se haga lo que quiere; pero, en efeto, el hombre ha de ser hombre,
y la mujer, mujer, y pues yo soy hombre dondequiera, que no lo puedo negar,
también lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare; y así, no hay más que
hacer sino que vuestra merced ordene su testamento con su codicilo, en modo
que no se pueda revolcar, y pongámonos luego en camino, porque no padez-
ca el alma del señor Sansón, que dice que su conciencia le lita que persuada
a vuestra merced a salir vez tercera por ese mundo; y yo de nuevo me ofrez-
co a servir a vuestra merced fiel y legalmente, también y mejor que cuantos
escuderos han servido a caballeros andantes en los pasados y presentes tiem-
pos.
Admirado quedó el bachiller de oír el término y modo de hablar de Sancho
Panza, que, puesto que había leído la primera historia de su señor, nunca creyó
que era tan gracioso como allí le pintan; pero oyéndole decir ahora «testamen-
to y codicilo que no se pueda revolcar», en lugar de «testamento y codicilo que
no se pueda revocar», creyó todo lo que dél había leído, y confirmolo por uno
de los mas solenes mentecatos de nuestros siglos, y dijo entre sí que tales dos
locos como amo y mozo no se habrían visto en el mundo.
Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con
parecer y beneplácito del gran Carrasco, que por entonces era su oráculo, se
ordenó que de allí a tres días fuese su partida, en los cuales habría lugar de ade-
rezar lo necesario para el viaje, y de buscar una celada de encaje, que en todas
maneras dijo don Quijote que la había de llevar. Ofreciósela Sansón, porque
sabía no se la negaría un amigo suyo que la tenía, puesto que estaba más escu-
ra por el orín y el moho que clara y limpia por el terso acero.
Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller no tuvie-
ron cuento; mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y al modo de las ende-
chaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera la muerte de su
señor. El designio que tuvo Sansón para persuadirle a que otra vez saliese fue
hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo del cura y del barbe-
ro, con quien él antes lo había comunicado.
En resolución, en aquellos tres días don Quijote y Sancho se acomodaron
de lo que les pareció convenirles, y, habiendo aplacado Sancho a su mujer, y
don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese sino
el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron en
camino del Toboso, Don Quijote sobre su buen Rocinante y Sancho sobre su
antiguo rucio, proveídas las alforjas de cosas tocantes a la bucólica 109, y la bolsa
de dineros que le dio don Quijote para lo que se ofreciese. Abrazole Sansón y
suplicole le avisase de su buena o mala suerte, para alegrarse con esta o entris-
tecerse con aquella, como las leyes de su amistad pedían; prometioselo don
Quijote, dio Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad
del Toboso.
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109 la bucólica: la boca, para comer.
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