DON QUIJOTE DE LA MANCHA 391

comen el pan de balde, y, así, quedaré rogando a nuestro Señor os saque pres-
to de tanta mala ventura.
--Yo os digo, mujer --respondió Sancho--, que si no pensase antes de
mucho tiempo verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto.
--Eso no, marido mío --dijo Teresa--; viva la gallina, aunque sea con su
pepita; vivid vos, y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo. Sin
gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta
ahora, y sin gobierno os iréis o os llevarán a la sepultura cuando Dios fuere ser-
vido. Como esos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan
de vivir y de ser contados en el número de las gentes. La mejor salsa del mundo
es la hambre, y como esta no falta a los pobres, siempre comen con gusto. Pero
mirad, Sancho, si por ventura os viéredes con algún gobierno, no os olvidéis de
mí y de vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales, y
es razón que vaya a la escuela, si es que su tío, el abad, le ha de dejar hecho
de la Iglesia. Mirad también que Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la
casamos, que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos
deseáis veros con gobierno, y en fin en fin, mejor parece la hija mal casada que
bien abarraganada.
--A buena fe --respondió Sancho--, que si Dios me llega a tener algo qué
de gobierno, que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha tan altamente que
no la alcancen sino con llamarla señoría.
--Eso no, Sancho --respondió Teresa--; casadla con su igual, que es lo
más acertado; que si de los zuecos la sacáis a chapines y de saya parda de
catorceno a verdugado y saboyanas de seda, y de una Marica y un tú a una
doña tal y señoría, no se ha de hallar la mochacha y a cada paso ha de caer en
mil faltas, descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera.
--Calla, boba --dijo Sancho--, que todo será usarlo dos o tres años; que
después le vendrá el señorío y la gravedad como de molde, y cuando no, ¿qué
importa? Séase ella señoría y venga lo que viniere.
--Medíos, Sancho, con vuestro estado --respondió Teresa--, no os que-
ráis alzar a mayores y advertid al refrán que dice: «al hijo de tu vecino límpiale
las narices y métele en tu casa». ¡Por cierto que sería gentil cosa casar a nues-
tra María con un condazo, o con un caballerote que cuando se le antojase la
pusiese como nueva, llamándola de villana, hija del destripaterrones y de la
pelarruecas! ¡No en mis días, marido; para eso por cierto he criado yo a mi hija!
Traed vos dineros, Sancho, y el casarla dejadlo a mi cargo; que ahí está Lope
Tocho, el hijo de Juan Tocho, mozo rollizo y sano, y que le conocemos, y sé que
no mira de mal ojo a la mochacha, y con este que es nuestro igual estará bien
casada, y le tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos unos, padres
y hijos, nietos y yernos, y andará la paz y la bendición de Dios entre todos nos-
otros, y no casármela vos ahora en esas cortes y en esos palacios grandes,
adonde ni a ella la entiendan ni ella se entienda.
--Ven acá, bestia y mujer de Barrabás --replicó Sancho--; ¿por qué quie-
res tú ahora, sin qué ni para qué, estorbarme que no case a mi hija con quien
me dé nietos que se llamen señoría? Mira, Teresa, siempre he oído decir a mis
mayores que el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se
debe quejar si se le pasa. Y no sería bien que, ahora que está llamando a nues-

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