MIGUEL DE CERVANTES
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CAPÍTULO L I
CAPÍ TULO L I
Que trata de lo que contó el cabrero
a todos los que llevaban a don Quijote
92
--Tres leguas deste valle está una aldea que92 , aunque pequeña, es de las
más ricas que hay en todos estos contornos, en la cual había un labrador muy
honrado, y tanto, que aunque es anejo al ser rico el ser honrado, más lo era él
por la virtud que tenía, que por la riqueza que lo alcanzaba; mas lo que le hacía
más dichoso, según él decía, era tener una hija de tan estremada hermosura,
rara discreción, donaire y virtud, que el que la conocía y la miraba, se admira-
ba de ver las estremadas partes con que el cielo y la naturaleza la habían enri-
quecido. Siendo niña, fue hermosa, y siempre fue creciendo en belleza, y en la
edad de diez y seis años fue hermosísima. La fama de su belleza se comenzó a
estender por todas las circunvecinas aldeas, ¿qué digo yo por las circunvecinas
no más, si se estendió a las apartadas ciudades, y aun se entró por las salas de
los reyes y por los oídos de todo género de gente que, como a cosa rara, o
como a imagen de milagros, de todas partes a verla venían? Guardábala su
padre y guardábase ella, que no hay candados, guardas ni cerraduras que
mejor guarden a una doncella que las del recato proprio. La riqueza del padre
y la belleza de la hija movieron a muchos, así del pueblo como forasteros, a que
por mujer se la pidiesen; mas él, como a quien tocaba disponer de tan rica joya,
andaba confuso, sin saber determinarse a quién la entregaría de los infinitos
que le importunaban; y entre los muchos que tan buen deseo tenían, fui yo
uno, a quien dieron muchas y grandes esperanzas de buen suceso conocer que
el padre conocía quien yo era, el ser natural del mismo pueblo, limpio en san-
gre, en la edad floreciente, en la hacienda muy rico y en el ingenio no menos
acabado. Con todas estas mismas partes la pidió también otro del mismo pue-
blo, que fue causa de suspender y poner en balanza la voluntad del padre, a
quien parecía que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien empleada; y
por salir desta confusión, determinó decírselo a Leandra, que así se llama la rica
que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos éramos iguales,
era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su gusto, cosa digna
de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren poner en estado. No digo
yo que los dejen escoger en cosas ruines y malas, sino que se las propongan
buenas, y de las buenas que escojan a su gusto. No sé yo el que tuvo Leandra;
sólo sé que el padre nos entretuvo a entrambos con la poca edad de su hija, y
con palabras generales, que ni le obligaban ni nos desobligaban tampoco.
Llámase mi competidor Anselmo, y yo Eugenio, porque vais con noticia de los
nombres de las personas que en esta tragedia se contienen, cuyo fin aún está
pendiente, pero bien se deja entender que ha de ser desastrado. En esta sazón
vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un pobre labrador del
mismo lugar, el cual Vicente venía de las Italias y de otras diversas partes, de
ser soldado; llevole de nuestro lugar, siendo muchacho de hasta doce años, un
capitán que con su compañía por allí acertó a pasar, y volvió el mozo de allí a
otros doce vestido a la soldadesca, pintado con mil colores, lleno de mil dijes
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92 Comienza la historia de Leandra y de Vicente de la Rosa.
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