MIGUEL DE CERVANTES
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de su encantamento, y es que aquestos dos que vienen aquí cubiertos los ros-
tros son el cura de nuestro lugar y el barbero, y imagino han dado esta traza
de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen como vuestra merced se
les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, esta verdad, síguese
que no va encantado, sino embaído y tonto. Para prueba de lo cual le quiero
preguntar una cosa, y si me responde como creo que me ha de responder,
tocará con la mano este engaño, y verá cómo no va encantado, sino trastor-
nado el juicio.
--Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho --respondió don Quijote--; que
yo te satisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellos
que allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros compa-
triotos y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos; pero
que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera. Lo que
has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices, debe de ser
que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia y semejanza;
porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se les antoja, y habrán
tomado las destos nuestros amigos para darte a ti ocasión de que pienses lo
que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones que no aciertes a salir
dél, aunque tuvieses la soga de Teseo; y también lo habrán hecho para que yo
vacile en mi entendimiento y no sepa atinar de dónde me viene este daño; por-
que si por una parte tú me dices que me acompañan el barbero y el cura de
nuestro pueblo, y por otra yo me veo enjaulado y sé de mí que fuerzas huma-
nas, como no fueran sobrenaturales, no fueran bastantes para enjaularme,
¿qué quieres que diga o piense sino que la manera de mi encantamento exce-
de a cuantas yo he leído en todas las historias que tratan de caballeros andan-
tes que han sido encantados? Ansí que bien puedes darte paz y sosiego en esto
de creer que son los que dices, porque así son ellos como yo soy turco. Y en lo
que toca a querer preguntarme algo, di; que yo te responderé aunque me pre-
guntes de aquí a mañana.
--¡Válame nuestra señora! --respondió Sancho, dando una gran voz--. Y
¿es posible que sea vuestra merced tan duro de celebro y tan falto de meollo,
que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su prisión
y desgracia tiene más parte la malicia que el encanto? Pero pues así es, yo le
quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no, dígame, así Dios le
saque desta tormenta, y así se vea en los brazos de mi señora Dulcinea cuan-
do menos se piense...
--Acaba de conjurarme --dijo don Quijote--, y pregunta lo que quisieres;
que ya te he dicho que te responderé con toda puntualidad.
--Eso pido --replicó Sancho--, y lo que quiero saber es que me diga, sin
añadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que la han
de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestra mer-
ced las profesa, debajo de título de caballeros andantes...
--Digo que no mentiré en cosa alguna --respondió don Quijote--. Acaba
ya de preguntar; que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias y
prevenciones, Sancho.
--Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo, y así, por-
que hace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si
acaso después que vuestra merced va enjaulado, y a su parecer encantado, en
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