MIGUEL DE CERVANTES
40
con León Hebreo, que os hincha las medidas. Y si no queréis andaros por tie-
rras extrañas, en vuestra casa tenéis a Fonseca, Del amor de Dios, donde se
cifra todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desear en tal materia. En
resolución, no hay más sino que vos procuréis nombrar estos nombres o tocar
estas historias en la vuestra, que aquí he dicho, y dejadme a mí el cargo de
poner las anotaciones y acotaciones, que yo os voto a tal de llenaros las már-
genes y de gastar cuatro pliegos en el fin del libro. Vengamos ahora a la cita-
ción de los autores que los otros libros tienen, que en el vuestro os faltan. El
remedio que esto tiene es muy fácil, porque no habéis de hacer otra cosa que
buscar un libro que los acote todos, desde la A hasta la Z, como vos decís. Pues
ese mismo abecedario pondréis vos en vuestro libro; que, puesto que a la clara
se vea la mentira, por la poca necesidad que vos teníades de aprovecharos de
ellos, no importa nada, y quizá alguno habrá tan simple que crea que de todos
os habéis aprovechado en la simple y sencilla historia vuestra. Y, cuando no
sirva de otra cosa, por lo menos servirá aquel largo catálogo de autores a dar
de improviso autoridad al libro. Y más, que no habrá quien se ponga a averi-
guar si los seguistes o no los seguistes, no yéndole nada en ello. Cuanto más
que, si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro no tiene necesidad de nin-
guna cosa de aquellas que vos decís que le falta, porque todo él es una invec-
tiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles ni dijo
nada San Basilio ni alcanzó Cicerón. Ni caen debajo de la cuenta de sus fabu-
losos disparates las puntualidades de la verdad ni las observaciones de la astro-
logía, ni le son de importancia las medidas geométricas ni la confutación de los
argumentos de quien se sirve la retórica, ni tiene para qué predicar a ninguno
mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no
se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. Sólo tiene que aprovecharse de
la imitación en lo que fuere escribiendo; que, cuanto ella fuere más perfecta,
tanto mejor será lo que se escribiere. Y pues ésta vuestra escritura no mira a
más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tie-
nen los libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de
filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retó-
ricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significan-
tes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y periodo sonoro y festi-
vo; pintando en todo lo que alcanzáredes y fuere posible vuestra intención,
dando a entender vuestros conceptos sin intrincarlos y oscurecerlos. Procurad
también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risue-
ño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención,
el grave no la desprecie ni el prudente deje de alabarla. En efecto, llevad la mira
puesta a derribar la máquina mal fundada de estos caballerescos libros, abo-
rrecidos de tantos y alabados de muchos más; que, si esto alcanzásedes, no
habríades alcanzado poco.
Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de tal
manera se imprimieron en mí sus razones que, sin ponerlas en disputa, las
aprobé por buenas, y de ellas mismas quise hacer este prólogo; en el cual verás,
lector suave, la discreción de mi amigo, la buena ventura mía en hallar en tiem-
po tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin
revueltas la historia del famoso don Quijote de la Mancha, de quien hay opi-
nión por todos los habitadores del distrito del campo de Montiel, que fue el
|
|