MIGUEL DE CERVANTES
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--Muchas y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes, pero
jamás he leído ni visto ni oído que a los caballeros encantados los lleven desta
manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíos animales; por-
que siempre los suelen llevar por los aires, con estraña ligereza, encerrados en
alguna parda y escura nube, o en algún carro de fuego, o ya sobre algún hipo-
grifo o otra bestia semejante. Pero que me lleven a mí agora sobre un carro de
bueyes, ¡vive Dios que me pone en confusión! Pero quizá la caballería y los
encantos destos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron
los antiguos. Y también podría ser que, como yo soy nuevo caballero en el
mundo y el primero que ha resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballería
aventurera, también nuevamente se hayan inventado otros géneros de encan-
tamentos, y otros modos de llevar a los encantados. ¿Qué te parece desto,
Sancho hijo?
--No sé yo lo que me parece --respondió Sancho--, por no ser tan leído
como vuestra merced en las escrituras andantes. Pero, con todo eso, osaría afir-
mar y jurar que estas visiones que por aquí andan, que no son del todo católi-
cas.
--¿Católicas? ¡Mi padre! --respondió don Quijote--; ¿cómo han de ser
católicas, si son todos demonios que han tomado cuerpos fantásticos para
venir a hacer esto, y a ponerme en este estado? Y si quieres ver esta verdad,
tócalos y pálpalos, y verás como no tienen cuerpo sino de aire, y como no con-
siste más de en la apariencia.
--Par Dios, señor --replicó Sancho--, ya yo los he tocado, y este diablo
que aquí anda tan solícito es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muy dife-
rente de la que yo he oído decir que tienen los demonios. Porque, según se
dice, todos huelen a piedra azufre y a otros malos olores, pero este huele a
ámbar de media legua.
Decía esto Sancho por don Fernando, que, como tan señor, debía de oler
a lo que Sancho decía.
--No te maravilles deso, Sancho amigo --respondió don Quijote--, por-
que te hago saber que los diablos saben mucho, y puesto que traigan olores
consigo, ellos no huelen nada, porque son espíritus, y si huelen, no pueden oler
cosas buenas, sino malas y hidiondas. Y la razón es, que, como ellos donde-
quiera que están, traen el infierno consigo y no pueden recebir género de ali-
vio alguno en sus tormentos, y el buen olor sea cosa que deleita y contenta, no
es posible que ellos huelan cosa buena. Y si a ti te parece que ese demonio que
dices huele a ámbar, o tú te engañas o él quiere engañarte con hacer que no
le tengas por demonio.
Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado, y, temiendo don
Fernando y Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de
su invención, a quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de abre-
viar con la partida y, llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase a
Rocinante y enalbardase el jumento de Sancho, el cual lo hizo con mucha
presteza.
Ya en esto, el cura se había concertado con los cuadrilleros que le acom-
pañasen hasta su lugar, dándoles un tanto cada día. Colgó Cardenio del arzón
de la silla de Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la bacía, y por señas
mandó a Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas a Rocinante,

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