MIGUEL DE CERVANTES
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Tomases y otros doctores de la Iglesia, guardando en esto un decoro tan inge-
nioso que en un renglón han pintado un enamorado distraído y en otro hacen
un sermoncico cristiano que es un contento y un regalo oírle o leerle! De todo
esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué acotar en el margen ni qué
anotar en el fin ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio,
como hacen todos, por las letras del A B C, comenzando en Aristóteles y aca-
bando en Xenofonte y en Zoilo o Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pin-
tor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos
de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o
poetas celebérrimos. Aunque si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo
sé que me los darían, y tales que no les igualasen los de aquellos que tienen
más nombre en nuestra España. En fin, señor y amigo mío --proseguí--, yo
determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus archivos en la
Mancha hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le fal-
tan, porque yo me hallo incapaz de remediarlas por mi insuficiencia y pocas
letras, y porque naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando
autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos. De aquí nace la suspensión
y elevamiento, amigo, en que me hallastes, bastante causa para ponerme en
ella la que de mi habéis oído.
Oyendo lo cual, mi amigo, dándose una palmada en la frente y disparan-
do en una carga de risa, me dijo:
--Por Dios, hermano, que ahora me acabo de desengañar de un engaño
en que he estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual
siempre os he tenido por discreto y prudente en todas vuestras acciones. Pero
ahora veo que estáis tan lejos de serlo como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo
que es posible que cosas de tan poco momento y tan fáciles de remediar pue-
dan tener fuerzas de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el
vuestro y tan hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores? A la
fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y penuria de dis-
curso. ¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues estadme atento y veréis
como en un abrir y cerrar de ojos confundo todas vuestras dificultades y reme-
dio todas las faltas que decís que os suspenden y acobardan para dejar de sacar
a la luz del mundo la historia de vuestro famoso don Quijote, luz y espejo de
toda la caballería andante.
--Decid --le repliqué yo, oyendo lo que me decía--: ¿de qué modo pen-
sáis llenar el vacío de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusión?
A lo cual él dijo:
--Lo primero, en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os
faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede
remediar en que vos mismo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los
podéis bautizar y poner el nombre que quisiéredes, ahijándolos al Preste Juan
de las Indias o al Emperador de Trapisonda, de quien yo sé que hay noticia que
fueron famosos poetas, y, cuando no lo hayan sido y hubiere algunos pedan-
tes y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren de esta verdad, no se
os dé dos maravedíes, porque, ya que os averigüen la mentira, no os han de
cortar la mano con que lo escribistes. En lo de citar en las márgenes los libros
y autores de donde sacáredes las sentencias y dichos que pusiéredes en vues-
tra historia, no hay más sino hacer de manera que vengan a pelo algunas sen-
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