MIGUEL DE CERVANTES
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con tanto trabajo, muérome de pesadumbre, y adonde él pone los pies, pongo
yo los ojos. No sé con qué intención viene, ni cómo ha podido escaparse de su
padre, que le quiere extraordinariamente, porque no tiene otro heredero y por-
que él lo merece, como lo verá vuestra merced cuando le vea. Y más le sé decir,
que todo aquello que canta lo saca de su cabeza; que he oído decir que es muy
gran estudiante y poeta. Y hay más, que cada vez que le veo o le oigo cantar,
tiemblo toda y me sobresalto, temerosa de que mi padre le conozca y venga
en conocimiento de nuestros deseos. En mi vida le he hablado palabra, y con
todo eso le quiero de manera, que no he de poder vivir sin él. Esto es, señora
mía, todo lo que os puedo decir deste músico, cuya voz tanto os ha contenta-
do, que en sola ella echaréis bien de ver que no es mozo de mulas, como decís,
sino señor de almas y lugares, como yo os he dicho.
--No digáis más, señora doña Clara --dijo a esta sazón Dorotea, y esto,
besándola mil veces--. No digáis más, digo, y esperad que venga el nuevo día;
que yo espero en Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que tengan
el felice fin que tan honestos principios merecen.
--¡Ay, señora! --dijo doña Clara--, ¿qué fin se puede esperar, si su padre
es tan principal y tan rico que le parecerá que aun yo no puedo ser criada de
su hijo, cuanto más esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo haré
por cuanto hay en el mundo. No querría sino que este mozo se volviese y me
dejase; quizá con no velle y con la gran distancia del camino que llevamos se
me aliviaría la pena que ahora llevo; aunque sé decir que este remedio que me
imagino me ha de aprovechar bien poco; no sé qué diablos ha sido esto, ni por
dónde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tan muchacha y él tan
muchacho, que en verdad que creo que somos de una edad mesma, y que yo
no tengo cumplidos diez y seis años; que para el día de San Miguel que ven-
drá dice mi padre que los cumplo.
No pudo dejar de reírse Dorotea oyendo cuán como niña hablaba doña
Clara, a quien dijo:
--Reposemos, señora, lo poco que creo queda de la noche, y amanecerá
Dios y medraremos, o mal me andarán las manos.
Sosegáronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande silencio;
solamente no dormían la hija de la ventera y Maritornes su criada. Las cuales
como ya sabían el humor de que pecaba don Quijote, y que estaba fuera de la
venta, armado y a caballo, haciendo la guarda, determinaron las dos de hace-
lle alguna burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempo oyéndole sus dis-
parates.
Es, pues, el caso, que en toda la venta no había ventana que saliese al
campo, sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por de fuera.
A este agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijote
estaba a caballo, recostado sobre su lanzón, dando de cuando en cuando tan
dolientes y profundos suspiros, que parecía que con cada uno se le arrancaba
el alma. Y, asimesmo, oyeron que decía con voz blanda, regalada y amorosa:
--¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y
remate de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad,
y, ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en
el mundo! Y ¿qué fará agora la tu merced? ¿Si tendrás, por ventura, las mien-
tes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros por sólo servirte de su volun-
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