DON QUIJOTE DE LA MANCHA 37
PR ÓL OG O
PR ÓL OG O
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este
libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y
más discreto que pudiera imaginarse; pero no he podido yo contravenir al
orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué
podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un
hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca ima-
ginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde
toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habita-
ción? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de
los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu, son grande parte
para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al
mundo que le colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un
hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los
ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las
cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco
padre, soy padrastro de don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso,
ni suplicarte, casi con las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísi-
mo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres; y ni eres su
pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el
más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor de ella como el rey de sus
alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto al rey
mato. Todo lo cual te exenta y hace libre de todo respeto y obligación, y así,
puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te
calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella.
Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo ni de la
innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios
que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé decir, que, aunque
me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta
prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribirle, y
muchas la dejé por no saber lo que escribiría; y estando una suspenso, con el
papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la meji-
lla pensando lo que diría, entró a deshora un amigo mío gracioso y bien enten-
dido, el cual, viéndome tan imaginativo, me preguntó la causa y, no encu-
briéndosela yo, le dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la his-
toria de don Quijote y que me tenía de suerte que ni quería hacerle ni menos
sacar a luz las hazañas de tan noble caballero.
--Porque, ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el anti-
guo legislador que llaman vulgo, cuando vea que, al cabo de tantos años como
ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a
cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, mengua-
da de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina, sin aco-
taciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que
están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias
de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos que admiran a los
leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes?
¡Pues qué, cuando citan la Divina Escritura, no dirán sino que son unos Santos
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