MIGUEL DE CERVANTES
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Amainaron entonces, y, echando el esquife o barca a la mar, entraron en él
hasta doce franceses, bien armados, con sus arcabuces y cuerdas encendidas;
y así llegaron junto al nuestro, y, viendo cuán pocos éramos, y cómo el bajel se
hundía, nos recogieron, diciendo que por haber usado de la descortesía de no
respondelles, nos había sucedido aquello. Nuestro renegado tomó el cofre de
las riquezas de Zoraida, y dio con él en la mar, sin que ninguno echase de ver
en lo que hacía. En resolución, todos pasamos con los franceses, los cuales,
después de haberse informado de todo aquello que de nosotros saber quisie-
ron, como si fueran nuestros capitales enemigos, nos despojaron de todo cuan-
to teníamos, y a Zoraida le quitaron hasta los carcajes que traía en los pies. Pero
no me daba a mí tanta pesadumbre la que a Zoraida daban, como me la daba
el temor que tenía de que habían de pasar del quitar de las riquísimas y pre-
ciosísimas joyas al quitar de la joya que más valía y ella más estimaba; pero los
deseos de aquella gente no se estienden a más que al dinero, y desto jamás se
vee harta su codicia; lo cual entonces llegó a tanto, que aun hasta los vestidos
de cautivos nos quitaran si de algún provecho les fueran. Y hubo parecer entre
ellos de que a todos nos arrojasen a la mar envueltos en una vela, porque tení-
an intención de tratar en algunos puertos de España con nombre de que eran
bretones, y si nos llevaban vivos serían castigados, siendo descubierto su hurto.
Mas el capitán, que era el que había despojado a mi querida Zoraida, dijo que
él se contentaba con la presa que tenía, y que no quería tocar en ningún puer-
to de España, sino pasar el estrecho de Gibraltar de noche, o como pudiese, y
irse a la Rochela, de donde había salido; y, así, tomaron por acuerdo de darnos
el esquife de su navío y todo lo necesario para la corta navegación que nos que-
daba, como lo hicieron otro día, ya a vista de tierra de España, con la cual vista
todas nuestras pesadumbres y pobrezas se nos olvidaron de todo punto, como
si no hubieran pasado por nosotros: tanto es el gusto de alcanzar la libertad
perdida. Cerca de medio día podría ser cuando nos echaron en la barca, dán-
donos dos barriles de agua y algún bizcocho; y el capitán, movido no sé de qué
misericordia, al embarcarse la hermosísima Zoraida, le dio hasta cuarenta escu-
dos de oro, y no consintió que le quitasen sus soldados estos mesmos vestidos
que ahora tiene puestos. Entramos en el bajel, dímosles las gracias por el bien
que nos hacían, mostrándonos más agradecidos que quejosos; ellos se hicieron
a lo largo siguiendo la derrota del estrecho; nosotros, sin mirar a otro norte que
a la tierra que se nos mostraba delante, nos dimos tanta priesa a bogar, que al
poner del sol estábamos tan cerca, que bien pudiéramos, a nuestro parecer, lle-
gar antes que fuera muy noche; pero por no parecer en aquella noche la luna
y el cielo mostrarse escuro, y por ignorar el paraje en que estábamos, no nos
pareció cosa segura embestir en tierra, como a muchos de nosotros les pare-
cía, diciendo que diésemos en ella, aunque fuese en unas peñas y lejos de
poblado, porque así aseguraríamos el temor que de razón se debía tener que
por allí anduviesen bajeles de cosarios de Tetuán, los cuales anochecen en
Berbería y amanecen en las costas de España, y hacen de ordinario presa, y se
vuelven a dormir a sus casas; pero de los contrarios pareceres el que se tomó
fue que nos llegásemos poco a poco y que, si el sosiego del mar lo concedie-
se, desembarcásemos donde pudiésemos. Hízose así, y poco antes de la media
noche sería cuando llegamos al pie de una disformísima y alta montaña, no tan
junto al mar que no concediese un poco de espacio para poder desembarcar

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