MIGUEL DE CERVANTES
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donde tengo de estar todo este verano con mi padre y con mis criados; de
allí de noche me podréis sacar sin miedo y llevarme a la barca; y mira que
has de ser mi marido, porque si no, yo pediré a Marién que te castigue. Si
no te fías de nadie que vaya por la barca, rescátate tú y ve; que yo sé que
volverás mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura saber el
jardín, y cuando te pasees por ahí sabré que está solo el baño y te daré
mucho dinero. Alá te guarde, señor mío.

Esto decía y contenía el segundo papel, lo cual visto por todos, cada uno
se ofreció a querer ser el rescatado, y prometió de ir y volver con toda puntua-
lidad, y también yo me ofrecí a lo mismo; a todo lo cual se opuso el renegado,
diciendo que en ninguna manera consentiría que ninguno saliese de libertad
hasta que fuesen todos juntos, porque la experiencia le había mostrado cuán
mal cumplían los libres las palabras que daban en el cautiverio; porque muchas
veces habían usado de aquel remedio algunos principales cautivos, rescatando
a uno que fuese a Valencia o Mallorca con dineros para poder armar una barca
y volver por los que le habían rescatado, y nunca habían vuelto. Porque, decía,
la libertad alcanzada y el temor de no volver a perderla les borraba de la memo-
ria todas las obligaciones del mundo. Y, en confirmación de la verdad que nos
decía, nos contó brevemente un caso que casi en aquella mesma sazón había
acaecido a unos caballeros cristianos, el más estraño que jamás sucedió en
aquellas partes, donde a cada paso suceden cosas de grande espanto y de
admiración. En efecto, él vino a decir que lo que se podía y debía hacer era que
el dinero que se había de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a él, para
comprar allí, en Argel, una barca, con achaque de hacerse mercader y tratan-
te en Tetuán y en aquella costa, y que siendo el señor de la barca, fácilmente
se daría traza para sacarlos del baño y embarcarlos a todos. Cuanto más que si
la mora, como ella decía, daba dineros para rescatarlos a todos, que estando
libres, era facilísima cosa aun embarcarse en la mitad del día, y que la dificul-
tad que se ofrecía mayor era que los moros no consienten que renegado algu-
no compre ni tenga barca, si no es bajel grande para ir en corso, porque se
temen que el que compra barca, principalmente si es español, no la quiere sino
para irse a tierra de cristianos; pero que él facilitaría este inconveniente con
hacer que un moro tagarino fuese a la parte con él en la compañía de la barca
y en la ganancia de las mercancías, y con esta sombra él vendría a ser señor de
la barca, con que daba por acabado todo lo demás. Y puesto que a mí y a mis
camaradas nos había parecido mejor lo de enviar por la barca a Mallorca, como
la mora decía, no osamos contradecirle, temerosos que si no hacíamos lo que
él decía, nos había de descubrir y poner a peligro de perder las vidas, si descu-
briese el trato de Zoraida, por cuya vida diéramos todos las nuestras, y así,
determinamos de ponernos en las manos de Dios y en las del renegado, y en
aquel mismo punto se le respondió a Zoraida diciéndole que haríamos todo
cuanto os aconsejaba, porque lo había advertido también como si Lela Marién
se lo hubiera dicho, y que en ella sola estaba dilatar aquel negocio o ponello
luego por obra. Ofrecímele de nuevo de ser su esposo, y con esto, otro día que
acaeció a estar solo el baño, en diversas veces, con la caña y el paño, nos dio
dos mil escudos de oro, y un papel donde decía que el primer jumá, que es el
viernes, se iba al jardín de su padre, y que antes que se fuese nos daría más

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