MIGUEL DE CERVANTES
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ahora si queréis seguir mi parecer y consejo en lo que os he propuesto». Y man-
dándome a mí, por ser el mayor, que respondiese, después de haberle dicho
que no se deshiciese de la hacienda, sino que gastase todo lo que fuese su
voluntad, que nosotros éramos mozos para saber ganarla, vine a concluir en
que cumpliría su gusto, y que el mío era seguir el ejercicio de las armas, sir-
viendo en él a Dios y a mi rey. El segundo hermano hizo los mesmos ofreci-
mientos, y escogió el irse a las Indias, llevando empleada la hacienda que le
cupiese. El menor y, a lo que yo creo, el más discreto, dijo que quería seguir la
Iglesia, o irse a acabar sus comenzados estudios a Salamanca. Así como acaba-
mos de concordarnos y escoger nuestros ejercicios, mi padre nos abrazó a
todos, y con la brevedad que dijo, puso por obra cuanto nos había prometido;
y, dando a cada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada tres
mil ducados en dineros, porque un nuestro tío compró toda la hacienda y la
pagó de contado, porque no saliese del tronco de la casa, en un mesmo día nos
despedimos todos tres de nuestro buen padre, y en aquel mesmo, pareciéndo-
me a mí ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan poca hacien-
da, hice con él que de mis tres mil tomase los dos mil ducados, porque a mí me
bastaba el resto para acomodarme de lo que había menester un soldado. Mis
dos hermanos, movidos de mi ejemplo, cada uno le dio mil ducados. De modo
que a mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y más tres mil, que, a lo que
parece, valía la hacienda que le cupo, que no quiso vender, sino quedarse con
ella en raíces. Digo, en fin, que nos despedimos dél y de aquel nuestro tío que
he dicho, no sin mucho sentimiento y lágrimas de todos, encargándonos que
les hiciésemos saber, todas las veces que hubiese comodidad para ello, de nues-
tros sucesos, prósperos o adversos. Prometímoselo, y, abrazándonos y echán-
donos su bendición, el uno tomó el viaje de Salamanca, el otro de Sevilla, y yo
el de Alicante, adonde tuve nuevas que había una nave ginovesa que cargaba
allí lana para Génova 68. Este hará veinte y dos años que salí de casa de mi padre,
y en todos ellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido dél ni de
mis hermanos nueva alguna. Y lo que en este discurso de tiempo he pasado lo
diré brevemente. Embarqueme en Alicante, llegué con próspero viaje a Génova,
fui desde allí a Milán, donde me acomodé de armas y de algunas galas de sol-
dado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte, y, estando ya de cami-
no ara Alejandría de la Palla, tuve nuevas que el gran Duque de Alba pasaba a
Flandes. Mudé propósito, fuime con él, servile en las jornadas que hizo, halle-
me en la muerte de los Condes de Eguemón y de Hornos, alcancé a ser alférez
de un famoso capitán de Guadalajara, llamado Diego de Urbina. Y a cabo de
algún tiempo que llegué a Flandes, se tuvo nuevas de la liga que la Santidad
del papa Pío Quinto, de felice recordación, había hecho con Venecia y con
España contra el enemigo común, que es el turco. El cual, en aquel mesmo
tiempo, había ganado con su armada la famosa isla de Chipre, que estaba
debajo del dominio de venecianos, y fue pérdida lamentable y desdichada.
Súpose cierto que venía por general desta liga el serenísimo don Juan de
Austria, hermano natural de nuestro buen rey don Felipe. Divulgose el grandí-
simo aparato de guerra que se hacía. Todo lo cual me incitó y conmovió el
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68Todo este episodio del Cautivo está lleno de recuerdos de Cervantes, tanto de su
vida militar como del cautiverio en Argel.

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