MIGUEL DE CERVANTES
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--Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo que qui-
siere, sin cuidado de matar a ningún gigante ni de volver a la princesa su reino;
que ya todo está hecho y concluido.
--Eso creo yo bien --respondió don Quijote--, porque he tenido con el
gigante la más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los
días de mi vida; y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo; y fue tanta
la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra, como si fueran de
agua.
--Como si fueran de vino tinto pudiera vuestra merced decir mejor --res-
pondió Sancho--; porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo
sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobas de
vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es la puta que me
parió, y llévelo todo Satanás.
--Y ¿qué es lo que dices, loco? --replicó don Quijote--. ¿Estás en tu seso?
--Levántese vuestra merced --dijo Sancho--, y verá el buen recado que ha
hecho y lo que tenemos que pagar; y verá a la reina convertida en una dama
particular, llamada Dorotea, con otros sucesos que, si cae en ellos, le han de
admirar.
--No me maravillaría de nada deso --replicó don Quijote--, porque, si
bien te acuerdas, la otra vez que aquí estuvimos te dije yo que todo cuanto aquí
sucedía eran cosas de encantamento, y no sería mucho que ahora fuese lo
mesmo.
--Todo lo creyera yo --respondió Sancho--, si también mi manteamiento
fuera cosa dese jaez; mas no lo fue, sino real y verdaderamente, y vi yo que el
ventero, que aquí está hoy día, tenía del un cabo de la manta, y me empujaba
hacia el cielo con mucho donaire y brío y con tanta risa como fuerza; y donde
interviene conocerse las personas, tengo para mí, aunque simple y pecador, que
no hay encantamento alguno, sino mucho molimiento y mucha mal ventura.
--Ahora bien, Dios lo remediará --dijo don Quijote--; dame de vestir y
déjame salir allá fuera; que quiero ver los sucesos y transformaciones que dices.
Diole de vestir Sancho y en el entretanto que se vestía, contó el cura a don
Fernando y a los demás las locuras de don Quijote y del artificio que habían
usado para sacarle de la Peña Pobre, donde él se imaginaba estar por desde-
nes de su señora. Contoles asimismo casi todas las aventuras que Sancho había
contado, de que no poco se admiraron y rieron, por parecerles, lo que a todos
parecía, ser el más estraño género de locura que podía caber en pensamiento
desparatado. Dijo más el cura: que pues ya el buen suceso de la señora Dorotea
impidía pasar con su disignio adelante, que era menester inventar y hallar otro
para poderle llevar a su tierra. Ofreciose Cardenio de proseguir lo comenzado
y que Luscinda haría y representaría la persona de Dorotea.
--No --dijo don Fernando--; no ha de ser así; que yo quiero que Dorotea
prosiga su invención, que, como no sea muy lejos de aquí el lugar deste buen
caballero, yo holgaré de que se procure su remedio.
--No está más de dos jornadas de aquí.
--Pues, aunque estuviera más, gustara yo de caminallas, a trueco de hacer
tan buena obra.
Salió en esto don Quijote, armado de todos sus pertrechos, con el yelmo,
aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela y arri-
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