MIGUEL DE CERVANTES
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El cura lo sosegó todo, prometiendo de satisfacerles su pérdida lo mejor que
pudiese, así de los cueros como del vino, y principalmente del menoscabo de
la cola, de quien tanta cuenta hacían. Dorotea consoló a Sancho Panza, dicién-
dole que cada y cuando que pareciese haber sido verdad que su amo hubiese
descabezado al gigante, le prometía, en viéndose pacífica en su reino, de darle
el mejor condado que en él hubiese. Consolose con esto Sancho y aseguró a la
princesa que tuviese por cierto que él había visto la cabeza del gigante, y que,
por más señas, tenía una barba que le llegaba a la cintura, y que si no parecía
era porque todo cuanto en aquella casa pasaba era por vía de encantamento,
como él lo había probado otra vez que había posado en ella. Dorotea dijo que
así lo creía, y que no tuviese pena, que todo se haría bien y sucedería a pedir
de boca.
Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio que fal-
taba poco. Cardenio, Dorotea y todos los demás le rogaron la acabase; él, que
a todos quiso dar gusto y por el que él tenía de leerla, prosiguió el cuento, que
así decía:
Sucedió, pues, que por la satisfación que Anselmo tenía de la bondad de
Camila, vivía una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria, hacía mal
rostro a Lotario, porque Anselmo entendiese al revés de la voluntad que le
tenía, y para más confirmación de su hecho, pidió licencia Lotario para no venir
a su casa, pues claramente se mostraba la pesadumbre que con su vista Camila
recebía; mas el engañado Anselmo le dijo que en ninguna manera tal hiciese.
Y desta manera, por mil maneras era Anselmo el fabricador de su deshonra,
creyendo que lo era de su gusto.
En esto, el que tenía Leonela de verse cualificada, no de deshonesta con
sus amores, llegó a tanto, que, sin mirar a otra cosa, se iba tras él a suelta rien-
da, fiada en que su señora la encubría y aun la advertía del modo que con poco
recelo pudiese ponerle en ejecución. En fin, una noche sintió Anselmo pasos en
el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quién los daba, sintió que le
detenían la puerta, cosa que le puso más voluntad de abrirla; y tanta fuerza
hizo, que la abrió, y entró dentro a tiempo que vio que un hombre saltaba por
la ventana a la calle y, acudiendo con presteza a alcanzarle o conocerle, no
pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque Leonela se abrazó con él, diciéndole:
--Sosiégate, señor mío, y no te alborotes ni sigas al que de aquí saltó: es
cosa mía, y tanto, que es mi esposo.
No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sacó la daga y quiso herir
a Leonela, diciéndole que le dijese la verdad; si no, que la mataría. Ella, con el
miedo, sin saber lo que se decía, le dijo:
--No me mates, señor; que yo te diré cosas de más importancia de las que
puedes imaginar.
--Dilas luego --dijo Anselmo--; si no, muerta eres.
--Por ahora será imposible --dijo Leonela--, según estoy de turbada; déja-
me hasta mañana, que entonces sabrás de mí lo que te ha de admirar; y está
seguro que el que saltó por esta ventana es un mancebo de esta ciudad que
me ha dado la mano de ser mi esposo.
Sosegose con esto Anselmo y quiso aguardar el término que se le pedía,
porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese, por estar de su bondad
tan satisfecho y seguro; y así, se salió del aposento y dejó encerrada en él a

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