MIGUEL DE CERVANTES
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Es de vidrio la mujer;
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podría ser.
Y es más fácil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.
Y en esta opinión estén
todos, y en razón la fundo,
que si hay Dánaes en el mundo,
hay pluvias de oro también50.
Cuanto hasta aquí te he dicho, ¡oh Anselmo!, ha sido por lo que a ti te
toca; y ahora es bien que se oiga algo de lo que a mí me conviene; y si fuere
largo, perdóname; que todo lo requiere el laberinto donde te has entrado, y de
donde quieres que yo te saque. Tú me tienes por amigo y quieres quitarme la
honra, cosa que es contra toda amistad, y aun no sólo pretendes esto, sino que
procuras que yo te la quite a ti. Que me la quieres quitar a mí, está claro, pues
cuando Camila vea que yo la solicito, como me pides, cierto está que me ha de
tener por hombre sin honra y mal mirado, pues intento y hago una cosa tan
fuera de aquello que el ser quien soy y tu amistad me obliga. De que quieres
que te la quite a ti, no hay duda, porque viendo Camila que yo la solicito, ha
de pensar que yo he visto en ella alguna liviandad que me dio atrevimiento a
descubrirle mi mal deseo, y, teniéndose por deshonrada, te toca a ti, como a
cosa suya, su mesma deshonra. Y de aquí nace lo que comúnmente se platica:
que el marido de la mujer adúltera, puesto que él no lo sepa ni haya dado oca-
sión para que su mujer no sea la que debe, ni haya sido en su mano, ni en su
descuido y poco recato estorbar su desgracia, con todo le llaman y le nombran
con nombre de vituperio y bajo, y en cierta manera le miran los que la maldad
de su mujer saben con ojos de menosprecio, en cambio de mirarle con los de
lástima, viendo que, no por su culpa, sino por el gusto de su mala compañera,
está en aquella desventura. Pero quiérote decir la causa por que con justa razón
es deshonrado el marido de la mujer mala, aunque él no sepa que lo es, ni
tenga culpa, ni haya sido parte, ni dado ocasión para que ella lo sea. Y no te
canses de oírme; que todo ha de redundar en tu provecho. Cuando Dios crió a
nuestro primero padre en el Paraíso Terrenal, dice la Divina Escritura que infun-
dió Dios sueño en Adán, y que, estando durmiendo, le sacó una costilla del
lado siniestro, de la cual formó a nuestra madre Eva; y así como Adán desper-
tó y la miró, dijo: «Esta es carne de mi carne y hueso de mis huesos». Y Dios
dijo: «Por esta dejará el hombre a su padre y madre, y serán dos en una carne
misma». Y entonces fue instituido el divino sacramento del matrimonio, con
tales lazos, que sola la muerte puede desatarlos. Y tiene tanta fuerza y virtud
este milagroso sacramento, que hace que dos diferentes personas sean una
mesma carne; y aun hace más en los buenos casados, que, aunque tienen dos
almas, no tienen más de una voluntad. Y de aquí viene que, como la carne de
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50 Dánae fue poseída por Júpiter que descendió sobre ella convertido en lluvia de oro.
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