MIGUEL DE CERVANTES
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el cura dijese que los libros de caballerías que don Quijote había leído le habí-
an vuelto el juicio, dijo el ventero:
--No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo,
no hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros
papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros
muchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas,
muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno des-
tos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escu-
chando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé decir
que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros
pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos
noches y días.
--Y yo ni más ni menos --dijo la ventera--, porque nunca tengo buen rato
en mi casa, sino aquel que vos estáis escuchando leer; que estáis tan emboba-
do, que no os acordáis de reñir por entonces.
--Así es la verdad --dijo Maritornes--; y a buena fe que yo también gusto
mucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas, y más cuando cuentan que
se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y que
les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho
sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.
--Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? --dijo el cura, hablando con
la hija del ventero.
--No sé, señor, en mi ánima --respondió ella--; también yo lo escucho, y
en verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oíllo; pero no gusto
yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los caba-
lleros hacen cuando están ausentes de sus señoras; que en verdad que algunas
veces me hacen llorar de compasión que les tengo.
--Luego ¿bien las remediárades vos, señora doncella --dijo Dorotea--, si
por vos lloraran?
--No sé lo que me hiciera --respondió la moza--, sólo sé que hay algunas
señoras de aquellas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres, y leones,
y otras mil inmundicias. Y ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquella tan desalma-
da y tan sin conciencia que, por no mirar a un hombre honrado, le dejan que
se muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para qué es tanto melindre; si lo hacen
de honradas, cásense con ellos, que ellos no desean otra cosa.
--¡Calla, niña! --dijo la ventera--; que parece que sabes mucho destas
cosas, y no está bien a las doncellas saber ni hablar tanto.
--Como me lo pregunta este señor --respondió ella--, no pude dejar de
respondelle.
--Ahora, bien --dijo el cura--, traedme, señor huésped, aquesos libros;
que los quiero ver.
--Que me place --respondió él.
Y, entrando en su aposento, sacó dél una maletilla vieja cerrada con una
cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles de muy
buena letra, escritos de mano. El primer libro que abrió vio que era Don Cirongilio
de Tracia, y el otro de Felixmarte de Hircania, y el otro la Historia del Gran Capitán
Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes. Así
como el cura leyó los dos títulos primeros, volvió el rostro al barbero y dijo:
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