MIGUEL DE CERVANTES
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al principio de mi cuento: que los trabajos continuos y extraordinarios quitan la
memoria al que los padece.
--Esa no me quitarán a mí, ¡oh alta y valerosa señora! --dijo don
Quijote--, cuantos yo pasare en serviros, por grandes y no vistos que sean. Y
así, de nuevo confirmo el don que os he prometido, y juro de ir con vos al cabo
del mundo hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el
ayuda de Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia con los filos desta, no
quiero decir buena espada, merced a Ginés de Pasamonte, que me llevó la mía
(esto dijo entre dientes, y prosiguió diciendo), y después de habérsela tajado y
puéstoos en pacifica posesión de vuestro estado, quedará a vuestra voluntad
hacer de vuestra persona lo que más en talante os viniere; porque, mientras
que yo tuviere ocupada la memoria y cautiva la voluntad, perdido el entendi-
miento, a aquella... y no digo más, no es posible que yo arrostre, ni por pien-
so, el casarme, aunque fuese con el ave fénix.
Pareciole tan mal a Sancho lo que últimamente su amo dijo acerca de no
querer casarse, que, con grande enojo, alzando la voz, dijo:
--¡Voto a mí y juro a mí, que no tiene vuestra merced, señor don Quijote,
cabal juicio! Pues ¿cómo es posible que pone vuestra merced en duda el casar-
se con tan alta princesa como aquesta? ¿Piensa que le ha de ofrecer la fortu-
na, tras cada cantillo, semejante ventura como la que ahora se le ofrece? ¿Es
por dicha más hermosa mi señora Dulcinea? No, por cierto; ni aun con la mitad,
y aún estoy por decir que no llega a su zapato de la que está delante. Así, nora-
mala alcanzaré yo el condado que espero si vuestra merced se anda a pedir
cotufas en el golfo. Cásese, cásese luego, encomiéndole yo a Satanás, y tome
ese reino que se le viene a las manos de vobis vobis; y, en siendo rey, hágame
marqués o adelantado, y luego, siquiera se lo lleve el diablo todo.
Don Quijote, que tales blasfemias oyó decir contra su señora Dulcinea, no
lo pudo sufrir y, alzando el lanzón, sin hablalle palabra a Sancho y sin decirle
esta boca es mía, le dio tales dos palos, que dio con él en tierra; y si no fuera
porque Dorotea le dio voces que no le diera más, sin duda le quitara allí la vida.
--¿Pensáis --le dijo a cabo de rato--, villano ruin, que ha de haber lugar
siempre para ponerme la mano en la horcajadura, y que todo ha de ser errar
vos y perdonaros yo? Pues ¡no lo penséis, bellaco descomulgado, que sin duda
lo estás, pues has puesto lengua en la sin par Dulcinea! Y ¿no sabéis vos,
gañán, faquín, belitre, que, si no fuese por el valor que ella infunde en mi
brazo, que no le tendría yo para matar una pulga? Decid, socarrón de lengua
viperina, y ¿quién pensáis que ha ganado este reino; y cortado la cabeza a este
gigante; y héchoos a vos marqués, que todo esto doy ya por hecho y por cosa
pasada en cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por
instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respi-
ro en ella, y tengo vida y ser. ¡Oh hideputa bellaco, y cómo sois desagradeci-
do, que os veis levantado del polvo de la tierra a ser señor de título y corres-
pondéis a tan buena obra con decir mal de quien os la hizo!
No estaba tan maltrecho Sancho que no oyese todo cuanto su amo le
decía, y, levantándose con un poco de presteza, se fue a poner detrás del pala-
frén de Dorotea, y desde allí dijo a su amo:
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