MIGUEL DE CERVANTES
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tas; y así, dejé la casa y la paciencia, y una carta que dejé a un huésped mío, a
quien rogué que en manos de Luscinda la pusiese, y víneme a estas soledades
con intención de acabar en ellas la vida, que desde aquel punto aborrecí como
mortal enemiga mía. Mas no ha querido la suerte quitármela, contentándose
con quitarme el juicio, quizá por guardarme para la buena ventura que he teni-
do en hallaros, pues siendo verdad, como creo que lo es, lo que aquí habéis
contado, aun podría ser que a entrambos nos tuviese el cielo guardado mejor
suceso en nuestros desastres que nosotros pensamos. Porque presupuesto que
Luscinda no puede casarse con don Fernando, por ser mía, ni don Fernando
con ella, por ser vuestro, y haberlo ella tan manifiestamente declarado, bien
podemos esperar que el cielo nos restituya lo que es nuestro, pues está toda-
vía en ser y no se ha enajenado ni deshecho. Y pues este consuelo tenemos,
nacido no de muy remota esperanza ni fundado en desvariadas imaginaciones,
suplícoos, señora, que toméis otra resolución en vuestros honrados pensa-
mientos, pues yo la pienso tomar en los míos, acomodándoos a esperar mejor
fortuna; que yo os juro por la fe de caballero y de cristiano de no desampara-
ros hasta veros en poder de don Fernando, y que, cuando con razones no le
pudiere atraer a que conozca lo que os debe, de usar entonces la libertad que
me concede el ser caballero y poder, con justo título, desafialle en razón de la
sinrazón que os hace, sin acordarme de mis agravios, cuya venganza dejaré al
cielo por acudir en la tierra a los vuestros.
Con lo que Cardenio dijo se acabó de admirar Dorotea, y por no saber qué
gracias volver a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle los pies para besár-
selos, mas no lo consintió Cardenio; y el licenciado respondió por entrambos y
aprobó el buen discurso de Cardenio y, sobre todo, les rogó, aconsejó y per-
suadió que se fuesen con él a su aldea, donde se podrían reparar de las cosas
que les faltaban, y que allí se daría orden cómo buscar a don Fernando, o cómo
llevar a Dorotea a sus padres, o hacer lo que más les pareciese conveniente.
Cardenio y Dorotea se lo agradecieron y acetaron la merced que se les ofrecía.
El barbero, que a todo había estado suspenso y callado, hizo también su buena
plática y se ofreció, con no menos voluntad que el cura, a todo aquello que
fuese bueno para servirles.
Contó asimesmo con brevedad la causa que allí los había traído, con la
estrañeza de la locura de don Quijote, y cómo aguardaban a su escudero, que
había ido a buscalle. Vínosele a la memoria a Cardenio, como por sueños, la
pendencia que con don Quijote había tenido, y contóla a los demás; mas no
supo decir por qué causa fue su cuistión.
En esto, oyeron voces y conocieron que el que las daba era Sancho Panza,
que, por no haberlos hallado en el lugar donde los dejó, los llamaba a voces.
Saliéronle al encuentro y, preguntándole por don Quijote, les dijo cómo le
había hallado desnudo en camisa, flaco, amarillo y muerto de hambre, y suspi-
rando por su señora Dulcinea; y que, puesto que le había dicho que ella le man-
daba que saliese de aquel lugar y se fuese al del Toboso, donde le quedaba
esperando, había respondido que estaba determinado de no parecer ante su
fermosura fasta que hubiese fecho fazañas que le ficiesen digno de su gracia.
Y que, si aquello pasaba adelante, corría peligro de no venir a ser emperador,
como estaba obligado, ni aun arzobispo, que era lo menos que podía ser. Por
eso, que mirasen lo que se había de hacer para sacarle de allí.

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