MIGUEL DE CERVANTES
188
la doncella menesterosa, y que él haría el escudero, y que así se profanaba
menos su dignidad; y que, si no lo quería hacer, determinaba de no pasar ade-
lante, aunque a don Quijote se le llevase el diablo.
En esto llegó Sancho, y de ver a los dos en aquel traje, no pudo tener la
risa. En efeto, el barbero vino en todo aquello que el cura quiso y, trocando la
invención, el cura le fue informando el modo que había de tener y las palabras
que había de decir a don Quijote para moverle y forzarle a que con él se vinie-
se y dejase la querencia del lugar que había escogido para su vana penitencia.
El barbero respondió que, sin que se le diese lición, él lo pondría bien en su
punto. No quiso vestirse por entonces, hasta que estuviesen junto de donde
don Quijote estaba, y así, dobló sus vestidos, y el cura acomodó su barba, y
siguieron su camino guiándolos Sancho Panza, el cual les fue contando lo que
les aconteció con el loco que hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el
hallazgo de la maleta y de cuanto en ella venía; que, maguer que tonto, era un
poco codicioso el mancebo.
Otro día llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas las señales
de las ramas para acertar el lugar donde había dejado a su señor, y, en reco-
nociéndole, les dijo como aquella era la entrada, y que bien se podían vestir, si
era que aquello hacía al caso para la libertad de su señor. Porque ellos le habí-
an dicho antes que el ir de aquella suerte y vestirse de aquel modo era toda la
importancia para sacar a su amo de aquella mala vida que había escogido, y
que le encargaban mucho que no dijese a su amo quién ellos eran ni que los
conocía; y que, si le preguntase, como se lo había de preguntar, si dio la carta
a Dulcinea, dijese que sí, y que, por no saber leer, le había respondido de pala-
bra, diciéndole que le mandaba, so pena de la su desgracia, que luego al
momento se viniese a ver con ella, que era cosa que le importaba mucho, por-
que, con esto y con lo que ellos pensaban decirle, tenían por cosa cierta redu-
cirle a mejor vida y hacer con él que luego se pusiese en camino para ir a ser
emperador o monarca, que en lo de ser arzobispo no había de qué temer.
Todo lo escuchó Sancho y lo tomó muy bien en la memoria, y les agrade-
ció mucho la intención que tenían de aconsejar a su señor fuese emperador y
no arzobispo, porque él tenía para sí que para hacer mercedes a sus escuderos
más podían los emperadores que los arzobispos andantes. También les dijo que
sería bien que él fuese delante a buscarle y darle la respuesta de su señora; que
ya sería ella bastante a sacarle de aquel lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto
trabajo. Parecioles bien lo que Sancho Panza decía, y, así, determinaron de
aguardarle hasta que volviese con las nuevas del hallazgo de su amo.
Entrose Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en
una por donde corría un pequeño y manso arroyo, a quien hacían sombra agra-
dable y fresca otras peñas y algunos árboles que por allí estaban. El calor y el
día que allí llegaron, era de los del mes de agosto, que por aquellas partes suele
ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la tarde: todo lo cual hacía al sitio
más agradable, y que convidase a que en él esperasen la vuelta de Sancho,
como lo hicieron.
Estando, pues, los dos allí sosegados y a la sombra, llegó a sus oídos una
voz que, sin acompañarla son de algún otro instrumento, dulce y regalada-
mente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles que aquel no era
lugar donde pudiese haber quien tan bien cantase, porque, aunque suele decir-
|
|