MIGUEL DE CERVANTES
178

barbecho de su padre y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oye-
ron como si estuvieran al pie de la torre; y lo mejor que tiene es que no es nada
melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo
hace mueca y donaire. Ahora digo, señor Caballero de la Triste Figura, que no
solamente puede y debe vuestra merced hacer locuras por ella, sino que con
justo título puede desesperarse, y ahorcarse; que nadie habrá que lo sepa que
no diga que hizo demasiado de bien, puesto que le lleve el diablo. Y querría ya
verme en camino solo por vella, que ha muchos días que no la veo, y debe de
estar ya trocada, porque gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre al
campo, al sol y al aire. Y confieso a vuestra merced una verdad, señor don
Quijote: que hasta aquí he estado en una grande ignorancia; que pensaba bien
y fielmente que la señora Dulcinea debía de ser alguna princesa de quien vues-
tra merced estaba enamorado, o alguna persona tal, que mereciese los ricos
presentes que vuestra merced le ha enviado, así el del vizcaíno como el de los
galeotes, y otros muchos que deben ser, según deben de ser muchas las vito-
rias que vuestra merced ha ganado y ganó en el tiempo que yo aún no era su
escudero. Pero bien considerado, ¿qué se le ha de dar a la señora Aldonza
Lorenzo, digo, a la señora Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de
rodillas delante della los vencidos que vuestra merced le envía y ha de enviar?
Porque podría ser que al tiempo que ellos llegasen estuviese ella rastrillando
lino, o trillando en las eras, y ellos se corriesen de verla, y ella se riese y enfa-
dase del presente.
--Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho --dijo don
Quijote--, que eres muy grande hablador, y que, aunque de ingenio boto,
muchas veces despuntas de agudo; mas para que veas cuán necio eres tú y
cuán discreto soy yo, quiero que me oigas un breve cuento. Has de saber que
una viuda hermosa, moza, libre y rica, y, sobre todo, desenfadada, se enamo-
ró de un mozo motilón, rollizo y de buen tomo; alcanzólo a saber su mayor, y
un día dijo a la buena viuda, por vía de fraternal reprehensión: «Maravillado
estoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan her-
mosa y tan rica como vuestra merced, se haya enamorado de un hombre tan
soez, tan bajo y tan idiota como Fulano, habiendo en esta casa tantos maes-
tros, tantos presentados y tantos teólogos en quien vuestra merced pudiera
escoger, como entre peras, y decir: este quiero, aqueste no quiero». Mas ella
le respondió con mucho donaire y desenvoltura: «Vuestra merced, señor mío,
esta muy engañado, y piensa muy a lo antiguo, si piensa que yo he escogido
mal en Fulano por idiota que le parece, pues para lo que yo le quiero, tanta filo-
sofía sabe y más que Aristóteles». Así que, Sancho, por lo que yo quiero a
Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que
no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su
albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las
Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros,
los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias, están lle-
nos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las
celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar
subjeto a sus versos, y porque los tengan por enamorados y por hombres que
tienen valor para serlo. Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de
Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y, en lo del linaje, importa poco, que

169