MIGUEL DE CERVANTES
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mela los criados antiguos, pareciéndoles que las muestras que el duque daba
de hacerme merced habían de ser en perjuicio suyo. Pero el que más se holgó
con mi ida fue un hijo segundo del duque llamado Fernando, mozo gallardo,
gentil hombre, liberal y enamorado, el cual en poco tiempo quiso que fuese
tan su amigo, que daba que decir a todos; y aunque el mayor me quería bien
y me hacía merced, no llegó al estremo con que don Fernando me quería y tra-
taba. Es, pues, el caso, que, como entre los amigos no hay cosa secreta que
no se comunique, y la privanza que yo tenía con don Fernando dejaba de serlo
por ser amistad, todos sus pensamientos me declaraba, especialmente uno
enamorado que le traía con un poco de desasosiego. Quería bien a una labra-
dora, vasalla de su padre, y ella los tenía muy ricos, y era tan hermosa, recata-
da, discreta y honesta, que nadie que la conocía se determinaba en cuál des-
tas cosas tuviese más excelencia ni más se aventajase. Estas tan buenas partes
de la hermosa labradora redujeron a tal término los deseos de don Fernando,
que se determinó, para poder alcanzarlo y conquistar la entereza de la labra-
dora, darle palabra de ser su esposo, porque de otra manera era procurar lo
imposible. Yo, obligado de su amistad, con las mejores razones que supe y con
los más vivos ejemplos que pude, procuré estorbarle y apartarle de tal propó-
sito. Pero viendo que no aprovechaba, determiné de decirle el caso al duque
Ricardo su padre. Mas don Fernando, como astuto y discreto, se receló y temió
desto, por parecerle que estaba yo obligado, en vez de buen criado, a no tener
encubierta cosa que tan en perjuicio de la honra de mi señor el duque venía;
y así, por divertirme y engañarme, me dijo que no hallaba otro mejor remedio
para poder apartar de la memoria la hermosura que tan sujeto le tenía, que el
ausentarse por algunos meses, y que quería que el ausencia fuese que los dos
nos viniésemos en casa de mi padre, con ocasión que darían al duque, que
venía a ver y a feriar unos muy buenos caballos que en mi ciudad había, que
es madre de los mejores del mundo. Apenas le oí yo decir esto, cuando, movi-
do de mi afición, aunque su determinación no fuera tan buena, la aprobara yo
por una de las más acertadas que se podían imaginar, por ver cuán buena oca-
sión y coyuntura se me ofrecía de volver a ver a mi Luscinda. Con este pensa-
miento y deseo aprobé su parecer y esforcé su propósito, diciéndole que lo
pusiese por obra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia hacía
su oficio a pesar de los más firmes pensamientos. Ya, cuando él me vino a decir
esto, según después se supo, había gozado a la labradora con título de espo-
so, y esperaba ocasión de descubrirse a su salvo, temeroso de lo que el duque
su padre haría cuando supiese su disparate. Sucedió, pues, que, como el amor
en los mozos por la mayor parte no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por
último fin el deleite, en llegando a alcanzarle se acaba y ha de volver atrás
aquello que parecía amor, porque no puede pasar adelante del término que
le puso naturaleza, el cual término no le puso a lo que es verdadero amor...;
quiero decir, que así como don Fernando gozó a la labradora, se le aplacaron
sus deseos y se resfriaron sus ahíncos, y si primero fingía quererse ausentar por
remediarlos, ahora de veras procuraba irse por no ponerlos en ejecución. Diole
el duque licencia, y mandome que le acompañase. Venimos a mi ciudad, reci-
biole mi padre como quien era. Vi yo luego a Luscinda, tornaron a vivir, aun-
que no habían estado muertos ni amortiguados, mis deseos, de los cuales di
cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que, en la ley de la mucha
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