DON QUIJOTE DE LA MANCHA 19
acuerdo, pero no se atreve a contradecir la opinión de los asistentes, compa-
decidos del falso moribundo. Una vez casados, descubren el engaño y los bur-
lados quieren vengarse del burlador, pero don Quijote lo defiende y defiende
los derechos del amor verdadero con razones convincentes para todos menos
para Sancho, que ve algunas ventajas en que la muchacha se case con
Camacho y así participe de sus riquezas y de la buena mesa de la boda, a la
que él rinde entusiasmado tributo.
Continúan las aventuras del caballero con el descenso a la cueva de
Montesinos (cap. 22), que está muy cercana a las Lagunas de Ruidera, donde
don Quijote se ratifica, mediante una revelación soñada de Merlín, en el encan-
tamiento de Dulcinea, lo cual le mantiene en permanente angustia hasta el
final del libro. Luego sucede la aventura del rebuzno y el encuentro en una
venta con maese Pedro y su retablo. Este no es otro que el bellaco Ginesillo de
Pasamonte de la Primera parte, que recorre la Mancha de Aragón disfrazado
de gitano con un parche en un ojo. Lleva un mono adivino al hombro y repre-
senta en un retablo de títeres el romance de Gaiferos y Melisendra. Cuando los
moros están a punto de capturar a los fugados amantes en la representación,
don Quijote arremete con su espada y hace trizas el teatrillo de Ginés. Estamos
en el capítulo 28.
En el siguiente, la acción da un salto de lugar, desde La Mancha de Aragón
al río Ebro. El plan trazado al final de la Primera parte, la asistencia a las justas
de Zaragoza, se debe cumplir. Después de la aventura del barco encantado del
Ebro, la ilustre pareja se encuentra con una no menos ilustre duquesa que viene
en hábito de cazadora.
Comienza ahora un extenso episodio que va desde el capítulo 30 al 57, el
episodio de los duques. El ambiente rural en el que hasta entonces se ha des-
arrollado la vida de los héroes llega por primera vez a una auténtica corte pala-
tina, aunque todo sea un fingimiento de los duques que toman a don Quijote
y Sancho como bufones para entretenerse. Son los duques nobles eutrapélicos,
propios de su época. Se consideraba correcto que los «caballeros de buen
gusto» utilizaran a locos no furiosos, bobos, enanos (véanse Las Meninas, de
Velázquez), deficientes y bufones para el entretenimiento de la corte. Por
mucho que repugne a la sensibilidad actual, no cabe negar la gracia de un loco
para el entretenimiento. Un mayordomo se encargará de organizar las diversio-
nes de los duques y fingirán la aventura de la condesa Trifaldi o de la dueña
Dolorida, el vuelo de Clavileño, la profecía del mago Merlín, que crea un tema
que reaparecerá continuamente hasta el final: Dulcinea está encantada y para
desencantarla Merlín propone la única solución de que Sancho debe recibir tres
mil trescientos azotes. Este está abrumado, pero todos, sobre todo don
Quijote, le apremian y, después de muchas protestas, consigue la prerrogativa
de que se los dará él mismo, aunque el socarrón, cuando por fin decide dárse-
los cobrándolos a buen precio, se los dará en las cortezas de los árboles.
Por primera vez van a separarse don Quijote y Sancho, porque este va a ser
nombrado gobernador de la ínsula anhelada: la ínsula Barataria. El libro se con-
vierte en un auténtico Carnaval: Sancho es recibido en la Ínsula con grandes
muestras de entusiasmo, aunque sus súbditos están asombrados de la peque-
ñez y la gordura del nuevo gobernador. El gobierno tiene también sus sinsabo-
res porque un medico infernal, licenciado por Osuna, don Pedro Recio de
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