MIGUEL DE CERVANTES
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do casi novecientos años». Así que, de mano en mano, irán pregonando sus
hechos, y luego, al alboroto de los muchachos y de la demás gente, se parará
a las fenestras de su real palacio el rey de aquel reino; y, así como vea al caba-
llero, conociéndole por las armas o por la empresa del escudo, forzosamente
ha de decir: «¡Ea, sus; salgan mis caballeros, cuantos en mi corte están, a rece-
bir a la flor de la caballería que allí viene!» A cuyo mandamiento saldrán todos,
y él llegará hasta la mitad de la escalera, y le abrazará estrechísimamente, y le
dará paz, besándole en el rostro, y luego le llevará por la mano al aposento de
la señora reina, adonde el caballero la hallará con la infanta su hija, que ha de
ser una de las mas fermosas y acabadas doncellas que en gran parte de lo des-
cubierto de la tierra a duras penas se pueda hallar. Sucederá tras esto, luego
en continente, que ella ponga los ojos en el caballero, y él en los della, y cada
uno parezca al otro cosa más divina que humana, y, sin saber cómo ni cómo
no, han de quedar presos y enlazados en la intricable red amorosa y con gran
cuita en sus corazones, por no saber cómo se han de fablar para descubrir sus
ansias y sentimientos. Desde allí le llevarán, sin duda, a algún cuarto del pala-
cio ricamente aderezado, donde, habiéndole quitado las armas, le traerán un
rico manto de escarlata con que se cubra, y, si bien pareció armado, tan bien
y mejor ha de parecer en farseto. Venida la noche, cenará con el rey, reina e
infanta, donde nunca quitará los ojos della, mirándola a furto de los circuns-
tantes, y ella hará lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo
dicho, es muy discreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrará a deshora
por la puerta de la sala un feo y pequeño enano con una fermosa dueña, que
entre dos gigantes detrás del enano viene, con cierta aventura hecha por un
antiquísimo sabio, que el que la acabare será tenido por el mejor caballero del
mundo. Mandará luego el rey que todos los que están presentes la prueben, y
ninguno le dará fin y cima sino el caballero huésped, en mucho pro de su fama,
de lo cual quedará contentísima la infanta y se tendrá por contenta y pagada
a demás, por haber puesto y colocado sus pensamientos en tan alta parte. Y lo
bueno es que este rey o príncipe, o lo que es, tiene una muy reñida guerra con
otro tan poderoso como él, y el caballero huésped le pide (al cabo de algunos
días que ha estado en su corte) licencia para ir a servirle en aquella guerra
dicha. Darásela el rey de muy buen talante, y el caballero le besará cortésmen-
te las manos por la merced que le face. Y aquella noche se despedirá de su
señora la infanta por las rejas de un jardín que cae en el aposento donde ella
duerme, por las cuales ya otras muchas veces la había fablado, siendo media-
nera y sabidora de todo una doncella de quien la infanta mucho se fiaba.
Sospirará él, desmayarase ella, traerá agua la doncella, acuitarase mucho por-
que viene la mañana y no querría que fuesen descubiertos, por la honra de su
señora. Finalmente, la infanta volverá en sí y dará sus blancas manos por la reja
al caballero, el cual se las besará mil y mil veces y se las bañará en lágrimas.
Quedará concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber sus bue-
nos o malos sucesos, y rogarale la princesa que se detenga lo menos que pudie-
re; prometérselo ha él con muchos juramentos; tórnale a besar las manos, y
despídese con tanto sentimiento, que estará a poco por acabar la vida; vase
desde allí a su aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir del dolor de
la partida, madruga muy de mañana; vase a despedir del rey y de la reina y de
la infanta; dícenle, habiéndose despedido de los dos, que la señora infanta está
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