DON QUIJOTE DE LA MANCHA 17

niosa Dorotea es la reina Micomicona, y consiguen sacar a don Quijote de entre
los riscos de la Sierra.
Con el cual llegan de nuevo a la venta de Juan Palomeque (caps. 32-46),
cuyo nombre hemos conocido, donde se suceden nuevos episodios: el de los
pellejos de vino, un nuevo discurso de don Quijote sobre las armas y las letras,
la disputa baciyélmica con el barbero a quien caballero y escudero habían des-
pojado de su bacía de azófar en los capítulos anteriores. Y nuevas novelas inter-
caladas: ahora la Historia del cautivo, llena de recuerdos cervantinos de su cau-
tiverio en Argel, la cual se entrelaza con la Historia del oidor y de su hija, que
a su vez nos lleva a la Historia del mozo de mulas.
Fingen un encantamiento de don Quijote y lo encierran en una jaula en la
que es conducido, en un carro tirado por bueyes, por el cura y el barbero hasta
su casa. En el camino encuentran a un canónigo toledano que viaja acompa-
ñado de su comitiva, como un príncipe de la Iglesia que es (caps. 47-50). Con
él mantendrán una sabrosa conversación de teoría literaria sucesivamente el
cura y don Quijote, en la que Cervantes expuso su teoría literaria sobre la nove-
la, las comedias y el poema heroico.
Y así, después de despedirse del canónigo, el cura y el barbero devuelven
a don Quijote y a Sancho (después de intercalar una última Historia de Leandra)
a su casa.
Cervantes dejó abierta la posibilidad de una continuación de su obra, indi-
cando que en su tercera salida don Quijote fue a Zaragoza. Pero al mismo tiem-
po inventó la existencia de unos pedantescos y latinados académicos de la
Argamasilla, que hacían el epitafio de don Quijote como si este hubiera muer-
to. Los académicos argamasillescos satirizan a los personajes del Quijote, que
no salen bien parados de la sátira. Son alusiones en clave contra enemigos lite-
rarios de Cervantes (Lope de Vega y sus seguidores, probablemente) al igual
que los poemas y el prólogo de los textos preliminares de esta Primera parte.
Entre esta Primera y la Segunda parte del Quijote cervantino se publicó el
llamado Quijote de Avellaneda (1614). El autor o los autores (Avellaneda es un
pseudónimo) de esta obra literariamente estimable realizaron una auténtica
corrección del modelo cervantino (un «loco entreverado» con intervalos lúci-
dos, don Quijote, que recorre España queriendo imponer por la fuerza su pro-
pia justicia, atacando frailes y liberando galeotes; y un tonto-listo, Sancho
Panza, dispuesto a cambiar de clase social y a ser gobernador o conde). Para
neutralizar a estos personajes, socialmente transgresores, Avellaneda los llevó
al sitio que la sociedad aristocrática estamental reservaba para ellos: el loco
debe estar recluido en el manicomio donde sus actos y sus palabras no consti-
tuyan ningún peligro, y así ingresaron a don Quijote en el hospital de locos más
famoso de la época, el Nuncio de Toledo; el tonto-listo debe ir a la corte, pero
no como conde u obispo o gobernador, sino como bufón eutrapélico para
entretener a «los caballeros de buen gusto» en sus diversiones palatinas, como
los bufones de los cuadros de Velázquez.
Pero Cervantes no les permitió a sus enemigos literarios la adulteración de
sus personajes y, en su Segunda parte, reincidió en su modelo transgresor: su
don Quijote nunca irá al manicomio, sino que, una vez cumplida su misión,
recuperará la razón y morirá pacíficamente en su cama.

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