MIGUEL DE CERVANTES
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--¿Adonde estás, soberbio Alifanfarón? Vente a mí, ¡que un caballero solo
soy que desea de solo a solo probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena de
la que das al valeroso Pentapolín Garamanta!
Llegó en esto una peladilla de arroyo, y, dándole en un lado, le sepultó dos
costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, creyó, sin duda, que estaba
muerto o malherido, y, acordándose de su licor, sacó su alcuza y púsosela a la
boca y comenzó a echar licor en el estómago; mas antes que acabase de enva-
sar lo que a él le parecía que era bastante, llegó otra almendra y diole en la
mano y en el alcuza tan de lleno, que se la hizo pedazos, llevándole de cami-
no tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machucándole malamente dos
dedos de la mano.
Tal fue el golpe primero y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre caba-
llero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores y creyeron que
le habían muerto. Y así, con mucha prisa, recogieron su ganado y cargaron de
las reses muertas, que pasaban de siete, y, sin averiguar otra cosa, se fueron.
Estábase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta, mirando las locuras que
su amo hacia, y arrancábase las barbas, maldiciendo la hora y el punto en que
la fortuna se le había dado a conocer. Viéndole, pues, caído en el suelo, y que
ya los pastores se habían ido, bajó de la cuesta y llegóse a él, y hallóle de muy
mal arte, aunque no había perdido el sentido, y díjole:
--¿No le decía yo, señor don Quijote, que se volviese, que los que iba a
acometer no eran ejércitos, sino manadas de carneros?
--Como eso puede desparecer y contrahacer aquel ladrón del sabio mi
enemigo. Sábete, Sancho, que es muy fácil cosa a los tales hacernos parecer lo
que quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que
yo había de alcanzar de esta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en
manadas de ovejas. Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desen-
gañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos bonitamen-
te, y verás como, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser pri-
mero, y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos como yo te
los pinté primero... Pero no vayas ahora, que he menester tu favor y ayuda; llé-
gate a mi y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me
ha quedado ninguno en la boca.
Llegóse Sancho tan cerca, que casi le metía los ojos en la boca, y fue a tiem-
po que ya había obrado el bálsamo en el estómago de don Quijote, y al tiempo
que Sancho llegó a mirarle la boca, arrojó de sí, más recio que una escopeta,
cuanto dentro tenía, y dio con todo ello en las barbas del compasivo escudero.
--¡Santa María! --dijo Sancho--, y ¿qué es esto que me ha sucedido? Sin
duda este pecador está herido de muerte, pues vomita sangre por la boca.
Pero reparando un poco más en ello, echó de ver en la color, sabor y olor,
que no era sangre, sino el bálsamo de la alcuza que él le había visto beber; y
fue tanto el asco que tomó, que, revolviéndosele el estómago, vomitó las tri-
pas sobre su mismo señor, y quedaron entrambos como de perlas. Acudió
Sancho a su asno para sacar de las alforjas con qué limpiarse y con qué curar
a su amo, y, como no las halló, estuvo a punto de perder el juicio. Maldíjose de
nuevo y propuso en su corazón de dejar a su amo y volverse a su tierra, aun-
que perdiese el salario de lo servido y las esperanzas del gobierno de la pro-
metida ínsula.

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