DON QUIJOTE DE LA MANCHA 15

cide con un anónimo Entremés de los romances (en el que se satiriza al escri-
tor Lope de Vega), del cual, según Menéndez Pidal4, habría recibido Cervantes
la idea inicial de su obra. Pero las últimas investigaciones (Murillo)5 parecen
refrendar que el Entremés es posterior al Quijote y se habría inspirado en él.
Una vez recobrado de su primera salida, se provee de camisas y de dinero,
y busca la ayuda de un escudero, su vecino Sancho Panza, un rústico labrador
y hombre de bien, «si es que ese título se puede dar al que es pobre», dice
Cervantes, al que permite acompañarle en una caballería tan inadecuada para
un escudero andante como es un asno. En el fondo Sancho, bobo y socarrón
al mismo tiempo, está encantado con irse de su casa a la aventura y perder de
vista por un poco tiempo a su mujer, de la que más adelante dirá que, si bien
es verdad que no es muy mala, tampoco es que sea muy buena. Con la crea-
ción de la figura de Sancho surge la principal aportación de Cervantes a la
novela moderna: el diálogo. Los parlamentos entre el caballero y el escudero,
llenos de sorpresas humorísticas, a causa de las situaciones y de las prevarica-
ciones idiomáticas de Sancho, son un recurso permanente de comicidad: «arre-
meta don Quijote y hable Sancho Panza», dirá un personaje de la Segunda
parte.
Y se reanudan las aventuras en esta segunda salida de don Quijote. Se
suceden la de los molinos de viento (cap. 8), la de los frailes benitos y la del viz-
caíno. En este momento se interrumpe la historia porque el autor (Cervantes)
dice que el texto de donde nos enteramos que estaba tomando la historia no
continúa («fallesçió el escripto», diría Berceo).
Pero un día, paseando el autor en Toledo por el Alcaná (el barrio de los
mercaderes que estaba pegado a la Catedral), encontró en la tienda de un
sedero unos papeles escritos en caracteres arábigos. Se los hizo traducir por un
morisco aljamiado de los que por entonces todavía vivían en la ciudad. Resultó
ser la historia de don Quijote, obra de un tal Cide Hamete Benengeli (o sea, el
Señor Hamete de Toledo, casi coincidente con el título de una obra teatral de
Lope de Vega, El Hamete de Toledo, ya que Benengeli, significa «berenjenero»,
el mote que se daba a los toledanos), que reanudaba la historia truncada un
poco antes, la cual entonces ya puede continuar con la victoria de don Quijote
sobre el gallardo vizcaíno. A partir de aquí Cervantes es sólo el segundo autor,
porque él esta tomando la historia de don Quijote de este historiador arábigo.
Reanudada la historia, se encuentran con unos pastores a los que don
Quijote dirige el discurso de la Edad de Oro (cap. 11). En este punto se sitúa la
primera historia intercalada, la de Marcela y Grisóstomo, en la que don Quijote
defiende razonablemente el derecho de la joven Marcela a no amar a quien la
ama, aunque se hubiera suicidado por ella. Es el mundo de las novelas pasto-
riles, de La Galatea cervantina de 1585, donde se plantean los «casos de amor»
en abstracto, pero es el primer momento en que Cervantes se da cuenta de que
su loco don Quijote, puede ser algo más que un loco para hacer reír a base de
las confusiones de la realidad, de las payasadas y de los palos.
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4 Ramón Menéndez Pidal, «Un aspecto en la elaboración del Quijote», en De
Cervantes y Lope de Vega, Madrid, Espasa-Calpe, 1958, pp. 9-60.
5 Luis Andrés Murillo, «Cervantes y el Entremés de los romances», en Actas del VIII
Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, eds. A. D. Kossoff et al.,
Madrid, Istmo, 1986, II, pp. 353-7.

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