MIGUEL DE CERVANTES
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estruendo de la pelea, asió de su media vara y de la caja de lata de sus títulos,
y entró a oscuras en el aposento, diciendo:
--¡Ténganse a la justicia! ¡Ténganse a la Santa Hermandad!
Y el primero con quien topó fue con el apuñeado de don Quijote, que esta-
ba en su derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido alguno; y, echándo-
le a tiento mano a las barbas, no cesaba de decir:
--¡Favor a la justicia!
Pero viendo que el que tenía asido no se bullía ni meneaba, se dio a enten-
der que estaba muerto, y que los que allí dentro estaban eran sus matadores
y, con esta sospecha, reforzó la voz, diciendo:
--¡Ciérrese la puerta de la venta! ¡Miren no se vaya nadie, que han muer-
to aquí a un hombre!
Esta voz sobresaltó a todos, y cada cual dejó la pendencia en el grado que
le tomó la voz. Retiróse el ventero a su aposento, el arriero a sus enjalmas, la
moza a su rancho; solos los desventurados don Quijote y Sancho no se pudie-
ron mover de donde estaban. Soltó en esto el cuadrillero la barba de don
Quijote, y salió a buscar luz para buscar y prender los delincuentes; mas no la
halló, porque el ventero, de industria, había muerto la lámpara cuando se reti-
ró a su estancia, y fuele forzoso acudir a la chimenea, donde, con mucho tra-
bajo y tiempo, encendió el cuadrillero otro candil.


CA PÍTULO XVI
CA PÍ TULO X V II

Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su
buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal, pensó que
era castillo

Había ya vuelto en este tiempo de su parasismo don Quijote, y con el
mismo tono de voz con que el día antes había llamado a su escudero, cuando
estaba tendido en el val de las estacas, le comenzó a llamar, diciendo:
--Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo Sancho?
--¡Qué tengo de dormir, pesia a mí! --respondió Sancho, lleno de pesa-
dumbre y de despecho--; que no parece sino que todos los diablos han anda-
do conmigo esta noche.
--Puédeslo creer así, sin duda --respondió don Quijote--; porque, o yo sé
poco, o este castillo es encantado. Porque has de saber...; mas esto que ahora
quiero decirte, hasme de jurar que lo tendrás secreto hasta después de mi
muerte.
--Sí juro --respondió Sancho.
--Dígolo --replicó don Quijote--, porque soy enemigo de que se quite la
honra a nadie.
--Digo que sí juro --tornó a decir Sancho--; que lo callaré hasta después
de los días de vuestra merced, y plega a Dios que lo pueda descubrir mañana.
--¿Tan malas obras te hago, Sancho --respondió don Quijote--, que me
querrías ver muerto con tanta brevedad?
--No es por eso --respondió Sancho--, sino porque soy enemigo de guar-
dar mucho las cosas, y no querría que se me pudriesen de guardadas.

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