MIGUEL DE CERVANTES
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caballo Rocinante se pone en marcha en busca de aventuras por los famosos
campos de Montiel.
Sale de su «lugar» y se «desterritorializa» (Iffland) transgrediendo una
norma no escrita de la sociedad aristocrática estamental, que reservaba a cada
miembro del cuerpo social un lugar en el mismo: el labrador en sus pegujares,
labrando la tierra; el hidalgo en su aldea, cazando con su hurón, atendiendo a
la labranza de sus pocas yugadas de tierra y cumpliendo con sus obligaciones
de cristiano; el caballero en la corte del rey, en el gobierno y en la milicia; el rey
en el trono; los clérigos rezando. Por eso Alonso Quijano, al convertirse en don
Quijote, esta cometiendo una auténtica transgresión social para su época, se
está saliendo del papel que su sociedad le reserva como hidalgo de aldea.
Además, en su segunda salida se lleva con él a un labrador, Sancho Panza, que
está dispuesto a dejar de serlo, a abandonar el campo y a no trabajar la tierra,
y a convertirse en conde, duque, gobernador de una ínsula, o incluso obispo
en «un quítame allá esas pajas», aunque para ese último cargo eclesiástico
tiene el impedimento, no poco grave, de estar casado con su Mari Gutiérrez, o
Juana Panza o Teresa Panza, que de todas estas maneras es denominada en el
libro la mujer de Sancho.
Después de recorrer nuestro hidalgo fatigosamente la alta Mancha, solita-
rio en su primera salida, se tropieza con una venta, que él cree ser un castillo,
donde es recibido por dos mozas del partido (rameras), la Tolosa y la Molinera.
Vela sus armas y es armado caballero por un ventero bribón, antiguo pícaro de
los de la playa de Sanlúcar, a quien él confunde con el caballero señor del cas-
tillo, el cual le despide recomendándole que para otra ocasión se provea de
dinero y de camisas.
Investido con el nuevo carisma de caballero novel, su primera hazaña con-
siste en proteger a un muchacho, Andrés, a quien su amo, Juan Haldudo el
rico, vecino del Quintanar, estaba azotando. Más tarde encuentra a unos ricos
mercaderes toledanos, a quienes manda que vayan a El Toboso a presentarse
a Dulcinea. Al no obedecerle, arremete contra ellos y se cae del caballo. Un
mozo de mulas, poco paciente, no soporta las bravatas que don Quijote les diri-
ge desde el suelo y le rompe la lanza en las costillas. Malparado y maltrecho,
es recogido por su vecino Pedro Alonso, a quien él confunde con Rodrigo de
Narváez y con el Marqués de Mantua, personajes literarios de sus libros y del
romancero. El buen labrador lo carga en su asno y lo devuelve a su aldea,
donde es recibido por su sobrina, por el ama, por el cura Pero Pérez y por el
barbero maese Nicolás con alivio. Lo recogen y lo acuestan en su cama, mien-
tras él sigue sumido en su delirio caballeresco. Estamos al final del capítulo 5.
En el capítulo 6, el cura y el barbero mandan tapiar el aposento donde está
la librería de don Quijote y hacen una hoguera en el corral a la que arrojan,
ayudados diligentemente por el ama, los libros de caballerías y otras obras de
otros géneros literarios que han causado la locura del hidalgo. Es un capítulo
del Cervantes historiador de la literatura con valiosos juicios sobre la narrativa
española del siglo XVI.
Lo anterior podría ser el argumento de una «novella» corta a la italiana, de
un cuento largo sobre la figura de un loco, semejante, por ejemplo, a la nove-
la ejemplar cervantina de El licenciado Vidriera. Y probablemente fuera así,
quizá el primer impulso del Quijote fuera esta historia corta. El argumento coin-
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