Cinco veces ardiendo y apagada
era la luz debajo de la luna,
desde que al alto paso penetramos, 132

cuando vimos una montaña, oscura
por la distancia, y pareció tan alta
cual nunca hubiera visto monte alguno. 135

Nos alegramos, mas se volvió llanto:
pues de la nueva tierra un torbellino
nació, y le golpeó la proa al leño. 138

Le hizo girar tres veces en las aguas;
a la cuarta la popa alzó a lo alto,
bajó la proa -como Aquél lo quiso- 141
hasta que el mar cerró sobre nosotros.

CANTO XXVII

Quieta estaba la llama ya y derecha
para no decir más, y se alejaba
con la licencia del dulce poeta, 3

cuando otra, que detrás de ella venía,
hizo volver los ojos a su punta,
porque salía de ella un son confuso. 6

Como mugía el toro siciliano 7
que primero mugió, y eso fue justo,
con el llanto de aquel que con su lima 9

lo templó, con la voz del afligido,
que, aunque estuviese forjado de bronce,
de dolor parecía traspasado; 12

así, por no existir hueco ni vía
para salir del fuego, en su lenguaje
las palabras amargas se tornaban. 15

Mas luego al encontrar ya su camino
por el extremo, con el movimiento
que la lengua le diera con su paso, 18

escuchamos: «Oh tú, a quien yo dirijo
la voz y que has hablado cual lombardo,
diciendo: "Vete ya; más no te incito", 21

aunque he llegado acaso un poco tarde,

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