« Conserva en la memoria lo que oíste
contrario a ti -me aconsejó aquel sabio-
y atiende ahora -y levantó su dedo-: 129

cuando delante estés del dulce rayo
de aquella cuyos ojos lo ven todo 131
de ella sabrás de tu vida el viaje. 132

Luego volvió los pies a mano izquierda:
dejando el muro, fuimos hacia el centro
por un sendero que conduce a un valle, 135
cuyo hedor hasta allí desagradaba.

CANTO XI

Por el extremo de un acantilado,
que en circulo formaban peñas rotas,
llegamos a un gentío aún más doliente; 3

y allí, por el exceso tan horrible
de la peste que sale del abismo,
al abrigo detrás nos colocamos 6

de un gran sepulcro, donde vi un escrito
«Aquí el papa Anastasio está encerrado 8
que Fotino apartó del buen camino.» 9

«Conviene que bajemos lentamente,
para que nuestro olfato se acostumbre
al triste aliento; y luego no moleste.» 12

Así el Maestro, y yo: «Compensación
-díjele- encuentra, pues que el tiempo en balde
no pase.» Y él: «Ya ves que en eso pienso. 15

Dentro, hijo mío, de estos pedregales 16
-luego empezó a decir- tres son los círculos
que van bajando, como los que has visto. 18

Todos llenos están de condenados,
mas porque luego baste que los mires,
oye cómo y por qué se les encierra: 21

Toda maldad, que el odio causa al cielo,
tiene por fin la injuria, y ese fin
o con fuerza o con fraude a otros contrista; 24

mas siendo el fraude un vicio sólo humano,

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