Con tanta guerra nunca la ignorancia
de conocer me hizo deseoso,
si es que no se equivoca mi memoria, 147
cuanta creí tener, pensando, entonces;
ni a preguntar osaba por la prisa,
ni comprendía nada por mí mismo: 150
y marchaba asustado y pensativo.
CANTO XXI
Esa sed natural que no se aplaca
sino con aquel agua que la joven
samaritana pidió como gracia, 3
me apenaba, y punzábarne la prisa
por la difícil senda tras mi guía 5
doliéndome con la justa venganza. 6
Y he aquí que, como escribe Lucas
que a dos en el camino vino Cristo,
salido de la boca del sepulcro, 9
apareció una sombra detrás de nosotros, 10
al pie mirando la turba yacente;
y antes de percatamos de él, nos dijo: 12
«Oh hermanos míos, Dios os de la paz».
Nos volvimos de súbito, y Virgilio
le devolvió el saludo que se debe. 15
Dijo después: «En la corte beata,
en paz te ponga aquel veraz concilio, 17
que en el exilio eterno me relega.» 18
«¡Cómo! -nos dijo, caminando aprisa-:
¿si sombras sois que aquí Dios no destina,
quién os ha hecho subir por su escalera?» 21
Y mi doctor: «Si miras las señales
que éste lleva, y que un ángel ha marcado
verás que puede irse con los buenos. 24
Mas como la que hila día y noche
no le había acabado aún la husada
que Cloto impone y a todos apresta, 27
su alma, que es hermana de las nuestras,
subiendo no podía venir sola,
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