clusiva propiedad el refe
25 de abril de 14

-¡Y bien! -dijo Faria cuando el joven acabó su lectura.
-Yo aquí no encuentro -respondió Dantés -sino renglones cortados, palabras sin
sentido. El fuego, además, ha puesto ininteligibles las letras.
-Para vos, amigo mío, que las leéis por primera vez, pero no para mí, que he
pasado leyéndolas muchas noches de claro en claro, reconstruyendo a mi modo cada
frase, y completando cada pensamiento.
-¿Y creéis haber encontrado ese sentido interrumpido?
-Estoy seguro, y vos mismo lo conoceréis, pero ahora escuchad la historia de ese
papel.
-¡Silencio! -exclamó Dantés-, oigo pasos... se acercan... me voy... Adiós.
Y Dantés, feliz por haberse librado de la historia y de la explicación que
esperaba le confirmasen la desgracia de su amigo, deslizóse ágilmente por el
estrecho subterráneo, mientras Faria, con una especie de actividad producida por
el terror, colocaba en su sitio la baldosa, dándole con el pie, y cubriéndola
con un pedazo de estera, para que no se advirtiese la solución de continuidad
que no había podido evitar con la prisa.
Era el gobernador, quien, informado por el carcelero de la enfermedad del abate,
venía por sí mismo a asegurarse de su gravedad.
Recibióle Faria sentado, y evitando todo movimiento que pudiera comprometerle,
logró ocultar al gobernador la parálisis que había invadido la mitad del cuerpo.
Y lo hizo porque temía que el gobernador, compadecido de él, quisiese
trasladarle a un calabozo más saludable, separándole de su joven compañero, pero
no sucedió así por fortuna, y el gobernador se retiró convencido de que su pobre
loco, por quien sentía cierta simpatía en el fondo de su corazón, no tenía más
que una ligera indisposición.
En este intervalo, Edmundo, sentado en su cama, con la cabeza entre las manos,
procuraba coordinar sus ideas. Todo lo que había visto en Faria desde que le
conoció, era tan razonable, tan lógico y tan sublime, que no podía comprender
tanta cordura en tantas cosas y la demencia en una sola. ¿Sería que Faria se
engañase con esto de su tesoro, o que todo el mundo se equivocase al juzgar a
Faria?
Dantés permaneció todo el día en su calabozo sin atreverse a volver al de su
amigo. Por este medio esperaba retardar la hora en que adquiriese la certidumbre
de la locura del abate. Esta creencia iba a serle muy dolorosa.
Pero, por la noche, después de la visita ordinaria, viendo el anciano que
Edmundo no venía, intentó salvar el espacio que los separaba. Edmundo tembló de
pies a cabeza al oír los dolorosos esfuerzos que hacía para arrastrarse, porque
una de sus piernas estaba paralítica, y el brazo no podía servirle de nada.
Edmundo, pues, viose precisado a ayudarle, porque de lo contrario nunca hubiera
podido salir por la estrecha boca del subterráneo que daba a su calabozo.
-Aquí me tenéis, persiguiéndoos con tenacidad -díjole con una sonrisa muy
benévola. Sin duda creísteis poder libraros de mi munificencia, pero no será
así. Escuchadme, pues.
Edmundo comprendió que ya no le era posible retroceder. Hizo sentar al viejo en
su cama, y se colocó a su lado en el banquillo.
-Ya sabéis -dijo el abate- que yo era secretario, familiar y amigo del cardenal
Spada, último de los príncipes de este nombre. A aquel prelado dignísimo debo
cuanta felicidad haya gozado en mi vida. A pesar de que las riquezas de su
familia eran proverbiales, y muchas veces oí decir: "Rico como un Spada", no era
rico, pero vivía a costa de esta reputación de riquezas. Así viven de sí mismas
casi todas las reputaciones populares. Su palacio fue mi paraíso. Eduqué yo a
sus sobrinos, que ya han muerto, y apenas se quedó él solo en el mundo, le pagué
en adhesión cuanto había hecho por mí durante diez años.

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