choquen unas con otras. Como ya sabéis, del choque de las nubes resulta la
electricidad, de la electricidad el relámpago y del relámpago la luz.
-Yo no sé nada -contestó Dantés humillado por su ignorancia-, casi todas las
palabras que pronunciáis carecen para mí de sentido. ¡Qué dichoso sois sabiendo
tanto!
El abate se sonrió.
-¿No decíais ahora que pensabais en dos cosas?
-Sí.
-Sólo me habéis dicho la primera. ¿Cuál es la segunda?
-La segunda es que vos me habéis contado vuestra historia y yo no os he referido
la mía.
-Vuestra historia, joven, es demasiado corta para encerrar sucesos de
importancia.
-Sin embargo -repuso Dantés-, contiene una desgracia inmensa, una desgracia
inmerecida, y quisiera, para no blasfemar de Dios, como lo he hecho hartas
veces, poder quejarme de los hombres.
-¿Os creéis inocente del crimen de que os acusan?
-Completamente. Lo juro por las únicas personas caras a mi corazón, por mi padre
y por Mercedes.
-Veamos, contadme vuestra historia -dijo Faria, cerrando su escondrijo y
volviendo a poner la cama en su lugar.
Dantés hizo la relación de todo lo que él llamaba su historia, que se limitaba a
un viaje a la India, y dos o tres a Levante, llegando al fin a su último viaje,
a la muerte del capitán Leclerc, al encargo que le dio para el gran mariscal, a
su plática con éste, a la misiva que le confió para un tal señor Noirtier, a su
llegada a Marsella, a su entrevista con su padre, a sus amores, a su desposorio
con Mercedes, a la comida de aquel día, y por último, a su detención, a su
interrogatorio, a su prisión provisional en el palacio de justicia, y a su
traslación definitiva al castillo de If. Desde este punto no sabía nada más, ni
aun el tiempo que llevaba encerrado. Acabada la relación, el abate se puso a
reflexionar profundamente. Después de un corto espacio, dijo:
-Hay en legislación un axioma profundísimo, que prueba lo que hace poco yo os
decía, esto es, que a no nacer los malos pensamientos de una organización mala
también, el crimen repugna a la naturaleza humana. Sin embargo, la civilización
nos ha creado necesidades, vicios y falsos apetitos, cuya influencia llega tal
vez a ahogar en nosotros los buenos instintos, arrastrándonos al mal. De aquí
esta máxima: Para descubrir al culpable, averiguad quién se aprovecha del
crimen. ¿A quién podía ser provechosa vuestra desaparición?
-A nadie, ¡Dios mío! ¡Yo era tan poca cosa!
-No respondáis así, que falta a vuestra respuesta lógica y filosofía. Todo es
relativo, querido amigo, desde el rey, que estorba a su futuro sucesor, hasta el
empleado, que estorba a su supernumerario. Si el rey muere, el sucesor hereda
una corona; si el empleado muere, el supernumerario hereda su sueldo y sus
gajes. Este sueldo es su lista civil, su presupuesto, necesita de él para vivir,
como el rey precisa de sus millones.
"En torno a cada individuo, así en lo más alto como en lo más bajo de la escala
social, se agrupa constantemente un mundo entero de intereses, con sus
torbellinos y sus átomos, como los mundos de Descartes.
"Volvamos, pues, a vuestro mundo. ¿Decís que ibais a ser nombrado capitán del
Faraón?
-Sí.
-¿Podía interesar a alguno que no fueseis capitán del Faraón? Podía interesar a
alguno que no os casaseis con Mercedes? Contestad ante todo a mi primera
pregunta, porque el orden es la clave de los problemas. ¿Podía interesar a
alguno que no fueseis capitán del Faraón?
-No, porque yo era muy querido a bordo. Si los marineros hubiesen podido elegir
su jefe, estoy seguro de que lo habría sido yo. Un solo hombre estaba algo

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