plaza... ¡Capitán a los veinte años, con cien luises de sueldo y una parte en
las ganancias! ¿No es mucho más de lo que podía esperar yo, un pobre marinero?
-Sí, hijo mío, sí -dijo el anciano-, ¡eso es una gran felicidad!
-Así pues, quiero, padre, que del primer dinero que gane alquiles una casa con
jardín, para que puedas plantar tus propias enredaderas y tus capuchinas...,
pero ¿qué tienes, padre? parece que lo encuentras mal.
-No, no, hijo mío, no es nada.
Las fuerzas faltaron al anciano, que cayó hacia atrás.
-Vamos, vamos -dijo el joven-, un vaso de vino lo reanimará. ¿Dónde lo tienes?
-No, gracias, no tengo necesidad de nada -dijo el anciano procurando detener a
su hijo.
-Sí, padre, sí, es necesario; dime dónde está.
Y abrió dos o tres armarios.
-No te molestes -dijo el anciano-, no hay vino en casa.
-¡Cómo! ¿No tienes vino? -exclamó Dantés palideciendo a su vez y mirando
alternativamente las mejillas flacas y descarnadas del viejo-. ¿Y por qué no
tienes? ¿Por ventura lo ha hecho falta dinero, padre mío?
-Nada me ha hecho falta, pues ya lo veo -dijo el anciano.
-No obstante -replicó Dantés limpiándose el sudor que corría por su frente-, yo
le dejé doscientos francos... hace tres meses, al partir.
-Sí, sí, Edmundo, es verdad. Pero olvidaste cierta deudilla que tenías con
nuestro vecino Caderousse; me lo recordó, diciéndome que si no se la pagaba iría
a casa del señor Morrel... y yo, temiendo que esto lo perjudicase, ¿qué debía
hacer? Le pagué.
-Pero eran ciento cuarenta francos los que yo debía a Caderousse... -exclamó
Dantés-. ¿Se los pagaste de los doscientos que yo lo dejé?
El anciano hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
-De modo que has vivido tres meses con sesenta francos... -murmuró el joven.
-Ya sabes que con poco me basta -dijo su padre.
-¡Ah, Dios mío, Dios mío! ¡Perdonadme! -exclamó Edmundo arrodillándose ante
aquel buen anciano.
-¿Qué haces?
-Me desgarraste el corazón.
-¡Bah!, puesto que ya estás aquí -dijo el anciano sonriendo-, todo lo olvido.
-Sí, aquí estoy -dijo el joven-, soy rico de porvenir y rico un tanto de dinero.
Toma, toma, padre, y envía al instante por cualquier cosa.
Y vació sobre la mesa sus bolsillos, que contenían una docena de monedas de oro,
cinco o seis escudos de cinco francos cada uno y varias monedas pequeñas.
El viejo Dantés se quedó asombrado.
-¿Para quién es esto? -preguntole.
-Para mí, para ti, para nosotros. Toma, compra provisiones, sé feliz; mañana,
Dios dirá.
-Despacio, despacito -dijo sonriendo el anciano-; con lo permiso gastaré, pero
con moderación, pues creerían al verme comprar muchas cosas que me he visto
obligado a esperar tu vuelta para tener dinero.
-Puedes hacer lo que quieras. Pero, ante todo, toma una criada, padre mío. No
quiero que lo quedes solo. Traigo café de contrabando y buen tabaco en un
cofrecito; mañana estará aquí. Pero, silencio, que viene gente.
-Será Caderousse, que sabiendo tu llegada vendrá a felicitarte.
-Bueno, siempre labios que dicen lo que el corazón no siente -murmuró Edmundo-;
pero no importa, al fin es un vecino y nos ha hecho un favor.
En efecto, cuando Edmundo decía esta frase en voz baja, se vio asomar en la
puerta de la escalera la cabeza negra y barbuda de Caderousse. Era un hombre de
veinticinco a veintiséis años, y llevaba en la mano un trozo de paño, que en su
calidad de sastre se disponía a convertir en forro de un traje.
-¡Hola, bien venido, Edmundo! -dijo con un acento marsellés de los más
pronunciados, y con una sonrisa que descubría unos dientes blanquísimos.
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