-El abate Faria.
-Número 27 -dijo el inspector.
-Aquí es. Abrid, Antonio.
El llavero obedeció, con lo que pudo el inspector pasear su mirada curiosa por
el calabozo del abate loco, que así solían llamar a aquel preso.
En mitad de la estancia, dentro de un círculo trazado en el suelo con un pedazo
de yeso de la pared, veíase agazapado un hombre casi desnudo, tan roto estaba su
traje. Ocupábase en aquellos momentos en hacer dentro del círculo líneas
geométricas muy bien trazadas, y parecía tan preocupado con su problema como
Arquímedes cuando le mató el soldado de Marcelo. Ni siquiera pestañeó al rumor
de la puerta que se abría, ni dio muestra alguna de sorpresa cuando el
resplandor de las antorchas iluminó con desusado brillo el húmedo suelo en que
trabajaba. Volvióse entonces y vio con gran sorpresa la numerosa comitiva que
acababa de entrar en su calabozo.
Acto continuo se puso en pie y cogió un cobertor que yacía a los pies de su
miserable lecho para envolverse y recibir con mayor decencia a los recién
venidos.
-¿Qué es lo que pedís? -le dijo el inspector sin alterar la fórmula.
-¿Yo, caballero...?, no pido nada -respondió el abate como admirado.
-Sin duda no me comprendéis -dijo el inspector-. Yo soy un delegado del gobierno
para visitar las cárceles y atender las reclamaciones de los presos.
-¡Oh!, entonces es otra cosa, caballero -exclamó vivamente el abate- Espero que
vamos a entendernos.
-¿Lo veis? -dijo el gobernador por lo bajo- El principio, ¿no os indica que va a
parar a lo que yo os decía?
-Caballero -prosiguió el preso-, yo soy el abate Faria, natural de Roma. A los
veinte años era secretario del cardenal Rospigliossi. Sin saber por qué, me
detuvieron a principios de 1811, y desde entonces suplico vanamente mi libertad
a las autoridades italianas y francesas.
-¿Y por qué a las francesas? -le preguntó el gobernador.
-Porque me prendieron en Piombino, y supongo que, como Milán y Florencia,
Piombino será actualmente capital de un departamento francés.
El inspector y el gobernador se miraron sonriendo.
-¿Sabéis, amigo mío -le dijo el inspector-, que no son muy frescas vuestras
noticias de Italia?
-Datan del día en que fui preso, caballero -repuso el abate Faria- y como Su
Majestad el emperador había creado el reino de Roma para el hijo que el cielo
acababa de darle, supongo que, siguiendo el curso de sus conquistas, haya
realizado el sueño de Maquiavelo y de César Borgia, que era hacer de Italia
entera un solo y único reino.
-Caballero -dijo el inspector-, la Providencia, por fortuna, ha modificado ese
gigantesco plan de que parecéis partidario tan ardiente.
-Ese es el único medio de hacer de Italia un Estado fuerte, independiente y
feliz -respondió el abate.
-Puede ser -repuso el inspector-; pero yo no he venido a estudiar un curso de
política ultramontana, sino a preguntaros, como ya lo hice, si tenéis algo que
reclamar sobre vuestra habitación, trato y comida.
-La comida es igual a la de todas las cárceles, quiero decir, malísima -
respondió el abate- la habitación ya lo veis, húmeda a insalubre, aunque muy
buena para calabozo. Pero no tratemos de eso sino de revelaciones de la más alta
importancia que tengo que hacer al gobierno.
-Ya va a su negocio -dijo en voz baja el gobernador al inspector.
-Me felicito, pues, de veros -prosiguió el abate-, aunque me habéis interrumpido
un cálculo excelente que a no fallarme cambiaría quizás el sistema de Newton.
¿Podéis concederme una entrevista secreta?
-¿Eh? ¿Qué decía yo? -dijo el gobernador al inspector.
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