Y poniendo seis piezas de cinco francos en la mano del cochero saltó con
presteza del carruaje.
El auriga metió su dinero en el bolsillo y tomó alegremente, al paso, el camino
de París.
Cavalcanti hizo como que iba a la fonda del Caballo Rojo. Paróse un instante a
la puerta, y cuando ya el ruido del carruaje no se oía emprendió el camino, y
con paso bastante acelerado anduvo aún dos leguas. Paróse al fin y calculó que
debía estar ya muy cerca de la Chapelle-en-Serval, adonde había dicho que iba...
No se detuvo por cansancio, sino porque convenía tomar una resolución, adoptar
un plan. Subir en diligencia era imposible; tomar la posta, todavía más. Para
viajar, de uno a otro modo, es preciso un pasaporte. Tampoco era posible
quedarse en el departamento del Oise, es decir, en uno de los más descubiertos y
vigilados de Francia, sobre todo a un hombre como Cavalcanti, tan experimentado
en materia criminal.
Sentóse al borde de una cuneta, dejó caer la cabeza entre sus manos y
reflexionó; a los diez minutos se levantó: había tomado ya su resolución.
Llenó de polvo un lado de su paletó, que tuvo tiempo de descolgar de la
antecámara, y abotonárselo por encima de su traje de baile, y entrando en la
Chapelle-en-Serval, fue a llamar resueltamente a la puerta de la única posada
que hay en la región. Abrióle el posadero.
-Amigo -dijo Cavalcanti-, iba de Morfontaine a Sculis, y mi caballo, que es
asombradizo, emprendió la fuga, arrojándome a diez pasos; me precisa llegar esta
noche a Compiègne, so pena de causar sumo cuidado a mi familia; ¿tenéis un
caballo que alquilarme?
Bueno o malo, un posadero dispone siempre de un caballo. El de la Chapelle-en-
Serval llamó al mozo de cuadra, y le dijo que ensillara el Blanco; despertó a su
hijo, chico de siete años, que debía montar en grupa y volver a traer el
cuadrúpedo.
Cavalcanti dio veinte francos al posadero, y al sacarlos del bolsillo dejó caer
una tarjeta; era la de uno de sus amigos del café de París, de suerte que el
posadero, cuando Cavalcanti se marchó y recogió la tarjeta que vio en el suelo,
se convenció de que había al-
quilado su caballo al señor conde de Mauleón, calle de Santo Domingo, 25. Era el
nombre que había visto en la tarjeta.
El Blanco no iba ligero, pero llevaba un paso igual y constante. En tres horas y
media anduvo Cavalcanti las nueve leguas que le separaban de Compiègne. Daban
las cuatro en el reloj del Ayuntamiento cuando llegó a la plaza adonde paran las
diligencias.
Hay en Compiègne una fonda excelente que no olvidan los que en ella se han
alojado una vez. Cavalcanti, que había hecho alto allí en una de sus correrías
por los alrededores de París, se acordó de la fonda de la Campana y la Botella.
Orientóse y vio a la luz de un reverbero la muestra indicadora, y habiendo
despedido al chico, al que dio cuanta moneda menuda tenía, llamó a la puerta,
pensando con razón que aún disponía de tres o cuatro horas, y que lo mejor que
podía hacer era prepararse con un buen sueño y una buena cena para las fatigas
del viaje.
Abrióle un camarero.
-Amigo -le dijo Cavalcanti-, vengo de Saint-Jean-du-Bois, donde he comido. Creía
tomar la diligencia que pasa a medianoche, me he desorientado como un imbécil, y
hace cuatro horas que me paseo a la ventura. Dadme uno de esos lindos cuartos
que dan al patio y subidme un pollo frito y una botella de Burdeos.
El camarero no sospechó nada. Cavalcanti hablaba con la mayor tranquilidad.
Tenía el cigarro en la boca y las manos en los bolsillos del paletó. Su vestido
era elegante y calzaba botas de charol. Parecía un vecino que llegaba un poco
tarde.
Mientras el mozo preparaba el cuarto, se levantó el ama. El joven la recibió con
su más lisonjera sonrisa, y le preguntó si no podría darle el número tres, que
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