-Sí; recibí ayer una carta, pero me parece que no indica la hora.
-Es posible que se le haya olvidado.
-Y bien -dijo el conde-, ya sois dichoso, señor Cavalcanti; es una de las
mejores alianzas, y además, la señorita de Danglars es bonita.
-Sí -respondió Cavalcanti con modestia.
-Y, sobre todo, es muy rica; al menos, según creo.
-¡Muy rica! ¿Vos lo creéis? -repitió el joven.
-Sin duda; se dice que el señor Danglars oculta por lo menos la mitad de su
fortuna.
-Y confiesa que posee de quince a veinte millones -dijo Cavalcanti, en cuyos
ojos brillaba la alegría.
-Sin contar -añadió Montecristo- que está en vísperas de entrar en una
negociación, ya muy usada en los Estados Unidos y en Inglaterra, pero que en
Francia es completamente nueva.
-Sí, sí; sé de lo que queréis hablar, del camino de hierro, cuya adjudicación
acaba de obtener, ¿no es eso?
-Exacto. Ganará en ella por lo menos diez millones.
-¡Diez millones!, es magnífico -decía Cavalcanti, a quien embriagaban las
doradas palabras del conde.
-Aparte de que toda esa fortuna será vuestra un día, y que es
justo, pues la señorita de Danglars es hija única: vuestra fortuna, al menos
vuestro padre me lo ha dicho, es casi igual a la de vuestra futura; pero dejemos
por un momento las cuestiones de dinero; ¿sabéis, señor Cavalcanti, que habéis
conducido admirablemente este asunto?
-Sí, no muy mal -respondió el joven-; yo había nacido para ser diplomático.
-Pues bien, entraréis en la diplomacia. Ya sabéis que no es cosa que se aprenda,
es instintiva... ¿Tenéis interesado el corazón?
-En verdad, lo temo -respondió el joven con tono teatral.
-¿Y os ama?
-Preciso es que me ame un poco cuando se casa; sin embargo, no olvidemos una
cosa esencial.
-¿Cuál?
-Que me han ayudado eficazmente en ese asunto.
-¡Bah!
-De veras lo digo.
-¿Las circunstancias?
-No; vos mismo.
-¡Yo! Dejadme en paz, príncipe -dijo Montecristo recalcando singularmente el
título-. ¿Qué he hecho yo por vos? ¿Vuestro nombre y vuestra posición social no
bastan?
-No -dijo el joven-; no, y por más que digáis, señor conde, yo sostendré que la
posición de un hombre como vos ha hecho más que mi nombre, mi posición social y
mi mérito.
-Os equivocáis -dijo con frialdad Montecristo, que conocía la perfidia del
joven, y adónde iban a parar sus palabras- mi protección la habéis adquirido
merced al nombre de la influencia y fortuna de vuestro padre; jamás os había
visto, ni a vos ni a él, y mis dos buenos amigos, lord Wilmore y el abate
Busoni, fueron los que me procuraron vuestro conocimiento, que me ha animado, no
a serviros de garantía, pero sí a patrocinaros, y el nombre de vuestro padre,
tan conocido y respetado en Italia; por lo demás, yo personalmente no os
conozco.
Aquella calma, aquella libertad tan completa, hicieron comprender a Cavalcanti
que estaba cogido por una mano fuerte y no era fácil quebrar el lazo.
-¿Pero mi padre es dueño en realidad de esa gran fortuna, señor conde?
-Así parece -respondió Montecristo.
-¿Sabéis si ha llegado la dote que me ha prometido?
-He recibido carta de aviso.
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